El balcón de enfrente

viernes, 18 de noviembre de 2016

EL AMOR COMO PAISAJE URBANO. Seminario Poética del Paisaje. Segunda Bienal de Canarias Arquitectura Arte y Paisaje. 16 de abril de 2009.





1. CIUDAD NOCTURNA


Santiago de Chile. Foto de Carlos Rubio

Desde la ventanilla de un avión las ciudades —también las grandes metrópolis— poseen un tamaño que sorprende por su reducida dimensión: es posible contemplar su contorno. En el vuelo nocturno, un brasero de luces que cintilan sobre la oscuridad dibuja una imagen que evoca los mapas escolares donde se aprenden las abstracciones. Es una hermosa reducción del paisaje que, una vez vista, reverbera siempre en el recuerdo.

2. ZORAN MUSIC


Zoran Music «Ciudad» 1988

Al pintor Zoran Music la imagen distante de las ciudades le evocaba los cadáveres amontonados en el campo de concentración de Dachau cuya fosforescencia luchaba contra la negrura. Entre sus cuadros hay uno titulado «Ciudad», pintado en 1988. Muestra unas vistas nocturnas. En el centro se alza, en sombra, una gran basílica con dos torres. A su pie, la masa informe de las calles y edificios iluminados. El cielo permanece oscuro, se diría que indiferente a los esfuerzos enmarañados de la luz. La luz se amontona sobre la superficie de la ciudad como una montaña de sal a las puertas de la mina. O un montón de escombros donde estuvo la casa. La luz se acumula en el suelo de la noche como desperdicios en el vertedero. Como cadáveres en el campo.

3. EN AUTOBÚS

La palabra ciudad nombra esta luminiscencia y también la sucesión de muros y fachadas que encuadra la ventanilla de un autobús que transita. Un autobús en la ruta nocturna contemplado desde el margen de la carretera es como una ciudad vista desde el avión: un trazado fugaz de luces minúsculas que contienen vidas. Dentro, los viajeros conviven con la inmediatez de las ciudades. «Al otro lado del pasillo se coloca una parejita de adolescentes —quien escribe este texto es el periodista Jordi Pérez Colomé en su libro de viajes por la China central titulado Adiós, Gongtan—. Ya antes de que salgamos empiezan a darse arrumacos. Ella se echa encima de él, él la acaricia, la besa y se echa encima de ella a dormir. Él lleva media melena, cortada a tijeretazos, un pendiente y tiene esa mirada de adolescente perdido y pasota típica de oriente. Ella lleva alguna mecha rubia en el pelo moreno y es más guapa y, parece, más lista que él. Van solos. Sus toqueteos son lo nunca visto. En China, las parejas en público no se tocan. Ni van de la mano, ni se despiden con un beso. Los jóvenes, algunos, rompen toda regla de pudor y hacen lo que les apetece».

4. BESOS EN CHINA

El viajero en China recoge esta imagen llena de candidez. Hace unos meses un beso entre una pareja de veinteañeros capturado por las cámaras de seguridad de una estación de metro en Shanghai y colgado en You Tube conmocionó la ciudadanía china. La capacidad de subvertir el orden social con un beso emociona. De China han salido recientemente las fotografías del primer beso entre dos hombres y del primer beso entre dos mujeres ante la mirada un poco incrédula de un retrato de Mao. La periodista Eugenia Mont, en su blog Una china sin murallas, observa, tras anotar que los orientales evitan el contacto físico en público, que «En calles y parques [de Pekín], en el metro y en los restaurantes de comida rápida es posible ver a las jóvenes parejas tomadas de la mano, abrazadas, acurrucadas. No demuestran vergüenza por estar en un espacio público, quizás porque no tienen espacios privados.»  La rigidez con la que las esferas pública y privada ordenan una sociedad favorece el efecto de subversión del beso. Y acaso la confusión en las ciudades de occidente entre el ámbito público y el privado evoque la antigua y autoritaria rigidez de la que proceden no pocas emociones artísticas. En 1969, la poeta norteamericana Anne Sexton escribió en Massachussets, para su libro Poemas de amor, un verso prodigioso que iluminaba toda una generación: «Y no se nos permite besarnos por las calles»

5. TIERGARTEN

Fotografía de Elmar Vestner


¿En qué momento —cabe preguntarse— las ciudades europeas contemplaron estos besos —bien con escándalo, bien con fruición— que conmocionaban las fronteras entre lo público y lo privado? Las calles de Berlín tuvieron un magnífico navegante y cartógrafo durante las primeras décadas del siglo XX, Franz Hessel (1880-1941). Escribió un libro delicioso: Paseos por Berlín, publicado en 1929, que la crítica ha considerado siempre el trabajo de campo de las ideas de su amigo Walter Benjamin. Si alguna pareja de veinteañeros alemanes se besaba en las calles de Berlín al estilo chino, a Hessel no se le podía escapar. «Domingo de otoño. Crepúsculo...—escribe Franz Hessel, despertando nuestras expectativas, en una descripción del Tiergarten, el gran parque central berlinés— La tierra exhala un ligero vapor, no tanto como el campo abierto, más que los campos de patatas. En los muchos y muchísimos bancos esparcidos por la penumbra y la semipenumbra de los serpenteantes caminos están sentadas parejas de amantes. Algunos me parecen muy poco peritos en las carantoñas amatorias, podrían aprender mucho de un pobre obrero parisiense cuando acaricia a su pequeña amada. Algunos han conseguido para sus juegos de dos un banco entero, pero tampoco se molestan entre sí los que deben compartir su banco con otras parejitas». Hessel nos envía a París —«París es la ciudad más carnal que ha existido», escribió él mismo en una de sus novelas, editada en 1920—.

6. AMANTES EN LA CALLE


Théophile Alexandre Steinlen (1859-1923)
«El beso» 1895


Théophile Alexandre Steinlen (1859-1923)
«El abrazo» 1902


En París —donde Hessel nos ha enviado en busca de los amantes callejeros, y la pintura costumbrista del XIX nos certifica que no iba mal encaminado— la vitalidad, el movimiento y el color urbanos sedujeron a un joven pintor en los primeros años del siglo XX: Pablo Picasso. Deslumbrado por el espectáculo cotidia­no que contempla, Picasso se esmera tanto en recoger instantes insólitos de la vida parisina como en expe­rimentar nuevas maneras, influjos o esti­los de los pintores que le precedían en el retrato de la euforia y el dinamismo urbanos —los pintores costumbristas del XIX ya se habían dejado impresionar por la nueva intimidad de los amantes en la calle—. Entre 1900 y 1901 Picasso pintó con entusiasmo múl­tiples aspectos de la vida parisina. En estos años juveniles se deja seducir y fascinar fácilmente por la vida de ciudad. Sus pinturas recogen el trazo rápido, efervescente, imperfecto de la ebullición urbana, como de hecho, im­pregna en la misma época a otros artistas y a otros escritores. En este momento se vive un período de gran singularidad, pues medio siglo de constante y acelera­do crecimiento han dado forma a un ente nuevo que, pese a compartir el antiguo nombre, nada tiene que ver con la uni­formidad impuesta por las viejas mura­llas; ese fenómeno que entonces estrena­ba la historia es la ciudad moderna.

   Entre temas o motivos parisinos de Picasso hay uno que tiene un claro inicio urbano y connota la singularidad de la ciudad contemporánea: el abrazo carnal. Los abrazos arrancan en los barrios peri­féricos de París con los Amantes en la calle (existe un pastel, un óleo y un apunte al carbón) y continúan en El abrazo en un cuarto cerrado, más íntimo y sobre todo más violento; obras todas ellas parisinas. Este motivo reaparece to­talmente sublimado en un espléndido pastel de la época azul, del mismo modo titulado: El abrazo, que pintó en la Bar­celona de 1903. Pero un año más tarde, de nuevo en París, los abrazos picassia­nos recobran su violencia de retrato carnal, tal como muestra una nutrida serie de dibujos: Los amantes, El beso ­o las variaciones innumerables de Pareja haciendo el amor). A través de estos cuadros Picasso descubre en París que la pasión, o mejor aún, el reflejo de la pasión, es un tema fundacional de ciudad moderna: la intimidad alcanzada por los amantes en la calle está en relación directa con la proporción de anonimato y heterogeneidad que les ofrece la vida urbana.



Picasso «Amantes en la calle»


Picasso «El abrazo en un cuarto cerrado»


Picasso. «El abrazo» 1903

7. FLÂNEUR


Oficinas de la exposición Werkbund
Walter Gropius y Adolf Meyer, 1914


Fábrica Fagus 1911

En una reseña a Paseos por Berlín, el libro de Franz Hessel, Walter Benjamin realiza una observación interesante: «A París no la han hecho los foráneos, sino ellos mismos, los parisienses, la alabada tierra del flâneur, la han convertido en el paisaje construido a base de vida... Paisaje, esto es lo que es en realidad para el paseante. O para ser más exactos: para él [para Franz Hessel] la ciudad se presenta en sus polos dialécticos. Se abre como un paisaje, se cierra en torno a él como una habitación». La ciudad del paseante es un paisaje —según Benjamin— externo e interno al mismo tiempo. Esta es una idea central en el pensamiento de Benjamin: acaso la descubriera en su visita a Nápoles, donde se dejó impresionar por la «porosidad» de su vida urbana, pero la desarrolló en su estudio sobre el Paris de Baudelaire: «La calle se convierte en una vivienda para el flâneur, se encuentra tan en su casa entre las fachadas de los edificios como el ciudadano entre sus cuatro paredes». La arquitectura y el urbanismo estaban a punto de decretar —al menos como utopía— el final de la frontera entre lo que está dentro y lo que está fuera. Interior y exterior de un edificio, con las nuevas estructura de hierro y vidrio del racionalismo arquitectónico, dejan de ser conceptos inamovibles. E igual que ocurre con los edificios, las experiencias de vida interior y de vida exterior se confunden, se entremezclan, se diluyen una en otra. Lo privado y lo público dejan de tener sentido como campos de referencia. Acaso sea esta una de las sorpresas de la modernidad con mayor capacidad de liberación.

8. PRIMEROS AUXILIOS

Dirección única, uno de los libros más personales, creativos y luminosos de Walter Benjamin, contiene una pequeña reflexión, titulada «Primeros auxilios», que tal vez apunte certeramente hacia donde buscamos: «De golpe pude abarcar con la mirada un barrio totalmente laberíntico, una red de calles que durante años había yo evitado, el día en que un ser querido se mudó a él. Era como si en su ventana hubieran instalado un reflector que recortara la zona con haces luminosos». El pensamiento clásico de las ciencias sociales determina que el espacio urbano se produce por dos procesos: mediante la práctica arquitectónica, monumental y urbanística, y mediante las codificaciones sociales y culturales. Henri Lefebvre añadió un tercer elemento: la experimentación del espacio urbano en la vida cotidiana, su vivencia. El texto de Benjamin evoca esta tercera razón en la comprensión del espacio urbano: el barrio evitado y desconocido, de repente cambia de signo tras la mudanza del «ser querido». Es decir, la vivencia —posiblemente de carácter amoroso— se extiende a la ciudad, se convierte en la clave para su decodificación, conocimiento y lectura por encima de los dos procesos clásicos, el arquitectónico y el social. La ciudad es el lugar donde nos hemos besado —se podría decir ahora con la misma propiedad que cualquier otra definición objetiva.

9. PARÍS


Fotografías de Robert Doisneau

Esta manera de alterar la comprensión de la ciudad, dándole la vuelta a las jerarquías objetivas, públicas, impuestas por las grandes avenidas, por los edificios notables, por las plazas céntricas o por los monumentos emblemáticos, así como la rigurosa codificación social y cultural decimonónica de los espacios, posiblemente contribuyera a la revolución en la manera de entender y representar la realidad y el mundo a la que denominamos vanguardia histórica. La visión subjetiva, privada, de quien pasea por la ciudad abrazado a un ser querido, y los dos se detienen en un rincón cualquiera de la ciudad y se besan, y ese beso —brizna de un sentimiento, átomo insignificante en la construcción del universo— se yergue en la representación esencial de la ciudad y del vivir. Quien mejor supo captar el poder subversivo, revolucionario del beso urbano fue la fotografía. Los fotógrafos convirtieron la caricia afectuosa entre paseantes en la imagen de la ciudad —olvidando monumentos y referencias culturales—. La ciudad se convertía en el tiempo de las vivencias.

10. ZOBEIDA

Extirpados ritos y obeliscos fundacionales de la ciudad, esta bien pudo ser creada por un sueño. En Las ciudades invisibles, Italo Calvino imagina muchas urbes levantadas por el deseo. De Zobeida escribe: «Esto se cuenta de su fundación: hombres de naciones diversas tuvieron un sueño igual, vieron una mujer que corría de noche por una ciudad desconocida, de espalda, con el pelo largo, y estaba desnuda. Soñaron que la seguían. A fuerza de vueltas todos la perdieron. Después del sueño buscaron aquella ciudad; no la encontraron peor se encontraron ellos; decidieron construir una ciudad como en el sueño... Los recién llegados no entendían qué era lo que atraía a esa gente a Zobeida, a esa fea ciudad, a esa trampa.» Los graffiti que Brassaï fotografió en sucios muros nos hablan de ese sueño encerrado en el fondo de una cueva.


Brassaï

11. UN POEMA DE SANDRO PENNA


Charles Demuth (1883-1935)
«Turkish bath» Acuarela


Para Hassel, decía Benjamin, Berlín «se abre como un paisaje, se cierra en torno a él como una habitación». Si estar dentro-fuera es uno de los ejes en los que se mueve la nueva percepción de la ciudad, el eje complementario —la vivencia amorosa— bien puede trazarse entre polos igualmente opuestos. Uno lo ocupa Italo Calvino con su evocación mítica y fantástica de un deseo sublimado y asexual; el otro polo le corresponde sin duda a otro escritor italiano, coetáneo suyo, Sandro Penna, cuya poesía señala el extremo opuesto del paradigma:

Al umbrío urinario de la estación
llego desde la colina ardiente.
Sobre mi piel el polvo y el sudor
me excitan. En los ojos aún canta
el sol. Alma y cuerpo abandono ahora
en la lustrada blanca porcelana.


Nel fresco orinatoio alla stazione
sono disceso dalla collina ardente.
Sulla mia pelle polvere e sudore
m’inebbriano. Negli occhi ancora canta
il sole. Anima e corpo ora abbandono
fra la lucida bianca porcellana.



Poesie, 1927

La sexualidad desplazada de las convenciones urbanas ha creado la cartografía secreta más intensa de las ciudades: callejones inmundos, parques mal iluminados, edificios en ruinas, urinarios públicos... han convocado a tantos hombres como el sueño de la mujer desnuda llevó a Zobeida. En ellos se ha aprovechado el abandono y el repudio de estos espacios olvidados por la ciudad para convertirlos en lugares de intimidad. De amor.

12. EL ESPACIO LIBERADOR


Charles Demuth (1883-1935)
«Four malefigures» (c. 1930) Acuarela

El profesor Jesús Martínez Oliva ha estudiado con detalle la evolución de los espacios de relación entre homosexuales durante el siglo XX, que han seguido un camino desde los lugares apartados, marginales, anónimos y con frecuencia degradados, pasando por la articulación de locales propios —bares, saunas, clubs de sexo, que pretendía convertir los lugares efímeros en lugares perdurables—, hasta la creación actual de los barrios y zonas gay, es decir, en guetos. En este punto, Martínez Oliva realiza una reflexión que encuadra la cuestión central en la percepción urbana del presente: «Si la ocupación del espacio público era creativa y liberadora o al menos ponía en tela de juicio ciertas prerrogativas y normas, tendríamos que preguntarnos si el uso del espacio en los barrios gays es igualmente liberador o por el contrario no posee ese potencial de resistencia. Uno de los problemas estriba en si esa visibilidad interfiere de modo real en el resto de la vida de la ciudad o si es un espejismo, un mero estado de libertad contenida dentro del marco de un distrito. Otro sería la forma en la que esos barrios articulan y habitan el espacio que cada día parece más normativa, rentabilizadora y acomodaticia». La incorporación del término «espejismo» da qué pensar. A Walter Benjamin le parecía que el cine carecía de condiciones para erguirse en un arma revolucionaria, sin embargo, escribe: «Las calles y tabernas de nuestras grandes ciudades, las oficinas y habitaciones amuebladas, las estaciones y fábricas de nuestro entorno parecían aprisionarnos sin abrigar esperanzas. Entonces llegó el cine, y con la dinamita de sus décimas de segundo hizo saltar por los aires todo ese mundo carcelario, con lo que ahora podemos emprender mil viajes de aventuras entre sus escombros dispersos: con el primer plano se ensancha el espacio, con el ralentí el movimiento».

13. MATERIA DE RÉCORD


Los barrios gays, el cine, los besos de adolescentes en las calles y en los parques, ¿servirán hoy como hace cien años «para saltar por los aires todo ese mundo carcelario»? Imagino que ya nadie es tan ingenuo como para responder a esta pregunta con una afirmación. ¿Por qué ya no sirven, si están ahí, en la ciudad, igual que hace cien años? No creo que sea una cuestión de tiempo, sino de la concepción de los propios espacios. Cada vez más en el presente el espacio urbano soñado como liberador tiende a su repetición idéntica, a su redundancia. Lugares redundantes en su oferta de un disfrute elegido a priori; vivencias redundantes por la multiplicación incesante de comportamientos diseñados con antelación; experiencia redundante por la esencia estereotipada a la que le condena la exhibición audiovisual constante, casi obscena, de los ámbitos íntimos, privados y personales. La redundancia es la condición del espacio contemporáneo. La redundancia es la muerte del espacio concebido como liberación personal frente al urbanismo y la codificación ciudadana. La redundancia es el nombre del campo de concentración de las ciudades del presente donde ya no nos liberan los besos públicos. Los besos de nuestros adolescentes se han convertido en el ejemplo máximo de redundancia: motivo de una competición que admite récord.


México


Valladolid


Filipinas


Y 14

Beso eterno,

beso libresco y

bibliografía.

[Inédito]

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