El balcón de enfrente

sábado, 14 de julio de 2012

MANUEL DE FREITAS O LA MÚSICA DE LAS TABERNAS



En un primer acercamiento a la poesía de Manuel de Freitas podría afirmarse que ésta se rinde «a la música de la ciudad».  En palabras del crítico António Guerreiro, la poesía de Freitas «utiliza con frecuencia la ironía y los mecanismos de creación de distancia... en cuadros urbanos (elípticos, narrativos, basados en la construcción metonímica)... escribe a partir de situaciones que definen un modo de habitar la ciudad, y su escritura implica una actitud que no sólo es visual, sino que implica a todos los sentidos y una especie de reflexiva contemplación de donde emerge la declaración subjetiva».  No muy lejos de esta formulación crítica el propio autor declara en el poema «Antiga Casa Faz Frio»: «...Prefiero hablar / de quien sólo apuesta / en el «todo o nada del amor», / rendido a la música de la ciudad».
            Y en efecto, por los poemas de Freitas atraviesan figuras y personajes urbanos cuya vida es una apuesta del todo o nada.  Algunos protagonizan varios poemas en diversos libros, como Zulmira, Dona Benilde o Manel del Estádio, personajes lisboetas del final de una época —un poema se titula emblemáticamente «El crepúsculo de las tabernas»— convertidos en materia poética y quizá algún día incluso mítica. Pero también es cierto que, como apunta Guerreiro, en este contexto extraordinariamente narrativo e irónico emerge una diáfana y pura voz lírica, y en la combinación de ambos modos poéticos, en apariencia antagónicos, prende la singularidad del poeta.
Se advierte en Freitas la estela de Charles Baudelaire, aquella en la que el paseante ocioso abre caminos, lo que equivale a decir que crea un conocimiento, en el laberinto de la ciudad como la tradición los había abierto en la naturaleza.  Una cita temprana de Baudelaire, al tiempo que corrobora la adscripción, avisa sin embargo sobre la proyección simbólica de este conjunto de personajes y escenarios urbanos: «Tout est néant, excepté la Mort»; lema que se puede extender a una obra cuyo significado esencial, tras constatar el decorado donde transcurre, hay que buscarlo más allá de la música de la ciudad.
            Pese al aparente atropello de títulos que muestra su bibliografía: seis volúmenes extensos y cuatro plaquettes entre los años 2000 y 2004, cada uno de sus libros representa una experiencia argumental diferenciada y conserva al mismo tiempo ciertas constantes temáticas transversales. La certera intersección de ambos planos (uno exterior, relacionado con una trama de experiencias, y otro interior, vinculado a la esencialidad del sujeto) construye la inusitada proyección simbólica de esta poesía, que si bien se manifiesta descaradamente narrativa resulta intensamente lírica; lirismo que precisamente huye del patetismo declarativo a través de los relatos (antes que correlatos) que se dirimen en la plano exterior. No es una de sus virtudes menores la destreza técnica que el poeta ha desarrollado para establecer un equilibrio entre los dos planos, siempre explícitos en todos sus poemas, con la voz de una primera persona verbal que cree en el relato que narra dentro del poema al mismo tiempo que atiende al descrédito de lo narrado que supone la declaración íntima.
            Todos contentes e eu também (Campo das letras, Porto, 2000) inaugura la obra de Freitas y reúne sus poemas escritos entre los diecisiete y los veinte años. La trama externa o asunto del libro es la fascinación que la vida de taberna ejerce en el poeta.  Muchos poemas llevan por título el nombre o la dirección de una taberna o una cervecería de Lisboa, uno incluso realiza un recuento exhaustivo, el «Poema sumário das tabernas de Lisboa», y otro, «O cantinho do céu» (literalmente El rinconcito del cielo), califica el descubrimiento de una tasca de carretera como «un pequeño milagro».  En las tabernas sitúa relatos, personajes urbanos y reflexiones existenciales, pero también se alzan ellas mismas en imagen y metáfora auténtica del mundo y de la vida: «Y quizá vivir sea esto, la cruel poesía / de los toneles, el mármol de barras grasientas, / este morir / de un modo gentil, casi desapercibido» (—«Vidalvaz»).  El dístico inicial de este poema proporciona una señal sobre la dimensión que la vida de taberna va a alcanzar en la poética de Freitas: «Quizá vivir sea esto, / precisamente esto».  En otro se lee: «Evitaremos las tabernas / como tantas veces se evita vivir».
La taberna (con sus comidas sórdidas, sus conversaciones intranscendentes, su ambiente alcoholizado, el fútbol, sus antihéroes y su metafísica del omnipresente «hasta mañana») se erige en la auténtica escuela de la vida y, tal como se empieza a comprender en sus títulos posteriores, también como la única verdadera escuela de poesía. La sustitución de la mitificación y el idealismo literarios (citas, nombres, referentes de prestigio...) por la áspera vida cotidiana que se va a verificar de una manera explícita en títulos posteriores (en un poema lee la Ilíada entre prostitutas y en otro afirma que «...no hay diferencia / alguna entre el Sportig / Club de Portugal y / los sonetos de Rilke»), se encuentra ya en Todos contentes e eu também de una forma implícita. La fascinación por la vida de taberna en clave metapoética equivale al reconocimiento de una tradición. 
            Esta es la trama externa del libro (a la que cabría añadir un asunto complementario: la estupidez del mundo fuera de la taberna) que aparece atravesada por dos temas que en este primer libro se consolidan como ejes axiales de toda la obra: la consideración de la vida como certidumbre y espera de la muerte («Esperar la muerte ya tan vivida»), y la vivencia de sexo y amor —sus fronteras nunca aparecen nítidas—como una desilusión, e incluso como la expresión de una angustia.  En  Todos contentes..., donde la descripción y lo concreto ocultan la reflexión, escribe: «Un agujero húmedo y amable donde entras / con torpeza, se diría que despacio, / solemnemente / —para que sea mentira.  Tan breve / este agujero, el entrar en él magullado»; y tres libros después, cuando la reflexión se impone: «...el amor, / esa extraña mezcla de angustia, deseo / y nuevamente angustia».
La constante combinación y perfecta simbiosis de los dos planos, el narrativo (la vida de la taberna) y el lírico-existencial, constituyen el mayor acierto de esta poesía y se reproducen en todos sus libros, aunque el plano externo vaya incorporando nuevos campos expresivos en cada título. Así en el siguiente título, Os infernos artificiais (Ed. Frenesí, Lisboa, 2001), aunque se mantenga vivo el encanto por las tabernas, el campo temático se abre en este libro hacia la vida de Lisboa como emblema de la ciudad contemporánea.  Se multiplican las referencias concretas a calles, plazas, personajes, lugares... un paseo sin rumbo por la ciudad recibe el título de «Teoría descriptiva de la melancolía», que no oculta la doble condición del paseante: la ironía y la angustia.  Igual que había ocurrido con las tabernas, Lisboa se convierte en objeto de juicio y aprendizaje del mundo.  No es sólo un contexto más o menos real, es la esencia misma del conocimiento posible: «La noche / en Lisboa, tras la lluvia, es suficiente epitafio / para los cuerpos que pierden y pierden / olvidados en el lugar donde pierden».
La ampliación temática que realiza su tercer libro, Game over  (&etc, Lisboa, 2002), sobre los dos anteriores es de un carácter más sutil. Las tabernas y Lisboa mantienen protagonismo en muchos poemas, pero en su conjunto este nuevo título ensancha el campo referencial en tres líneas que van a cobrar mayor importancia en la obra que sigue. Si de una forma gráfica se puede afirmar que sobre un círculo muy concreto (la vida de taberna), el poeta había dibujado un círculo más amplio (la vida de Lisboa), Game over traza un triángulo sobre ambos. En un ángulo se sitúa la época, el presente, «el Occidente» como recuerda un poema, en otro la reflexión existencial,  y  en el tercero la literatura, sobre la que aplica los mecanismos de distancia, ironía, desmitificación e incluso sarcasmo que había aprendido en la vida drásticamente real de las tabernas. Poco después [SIC]  (Assírio & Alvim, Lisboa, 2002), acaso uno de sus libros más reflexivos, vuelve a imprimir una circunferencia de mayor radio sobre el dibujo realizado por su obra poética: el juicio de la vida.  Vida es el término que más se repite en el libro y en el que desembocan los relatos y las historias que los poemas narran. Así, por ejemplo, el poema «Pressa de viver» evoca un personaje de la noche lisboeta, sus ideas, sus hábitos, su aspecto. Y concluye, emblemáticamente: «y se protege, lo mejor que puede, / de ese altercado sin objeto al que llamamos vida».
Beau séjour (Assírio & Alvim, Lisboa, 2003) regresa a los círculos concéntricos de menor amplitud: dominan en él los asuntos biográficos (tanto abuelos, abuelas y familiares varios como episodios del tránsito entre infancia y adolescencia), reescritos ahora con el bagaje temático de lo vivido y reflexionado. Su último título hasta el presente (se ha prescindido en este comentario de las cuatro plaquettes publicadas por Freitas), Blues for Mary Jane (& etc, Lisboa, 2004) amplía uno de los ángulos que había aparecido en Game over, el de la literatura. Con mayor precisión, el asunto puede describirse ahora como la sustitución, en la formación del poeta hacia la vida como aprendizaje de la muerte —que acaso sea el tema nuclear de toda la obra—, de las mistificaciones, idealismos y referentes literarios por la aspereza y rotundidad de la realidad. Otra novedad añade Blues for Mary Jane al juicio de la vida literaria: la conciencia de pertenecer a una generación poética, de protagonizar junto a ella un momento histórico y del papel decisivo que ésta tiene en la poesía de su tiempo: «la mejor poesía portuguesa / está ahora sentada en este café».


ZURGAI, Bilbao, diciembre de 2004




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