El balcón de enfrente

sábado, 17 de diciembre de 2016

Lección de transcendencia. Dionisia García, algunos libros


LUGARES DE PASO, de Dionisia García 
Renacimiento, Sevilla, 1999 

Ciertas fechas, por la carga melancólica que almacenan sus cifras, son propensas al recuento. Es posible que cuando alguien observe el siglo XX y se pregunte qué les preocupó a sus súbidtos encuentre la respuesta en una única palabra: tiempo. El tiempo ha sido la obsesión de los filósofos, de los científicos y de los artistas del siglo. Pero sobre todo se verá que las sociedades específicas de esta época se han regido por la exclusiva dictadura del tiempo, reduciéndolo a su medida. Hasta el espacio es hoy una magnitud del tiempo («Madrid está a seis horas» se dice coloquialmente). 
    La poesía de la temporalidad atraviesa el siglo desde Antonio Machado hasta el poeta más joven; por esta razón es tan importante prestar atención a los matices que cada poeta introduce en su lamento de la caducidad. Dionisia García, que incomprensiblemente permanece ausente de panoramas y revisiones siendo dueña de una obra poética atractiva y personal (tal vez ésta sea la causa), en el octavo de sus libros ofrece una inusual meditación sobre el tiempo. Lugares de paso, su título, centra la cuestión: ¿y si lo realmente decisivo para la vida no fuera el Tiempo sino los lugares por donde transita? 
    Los poemas que escribe Dionisia García prenden siempre en una anécdota concreta: una vieja fotografía, un arco sobre una calle o un puesto ambulante... lo que dice en ellos sobre estas cosas no traspasa los límites de lo evocado, y desde luego nunca atrae conceptos abstractas hacia su interior. Sin embargo, en los poemas que Dionisia García ha escrito en este libro se lanza el ataque más certero a la obsesión (y dictadura) del siglo. El primer poema describe una vieja fotografía: «Del brazo de mi padre por la avenida airosa...». En la visión el tiempo aparece dentro con la misma opacidad de los objetos: «Era marzo con sol, y se acercó un fotógrafo /dispuesto a detener aquella escena». Lo que fue, en otro texto, «se aleja entre la niebla, / hacia el rincón que ocupa en el recuerdo». La muerte de una persona nos deja sin «la plaza de arena» que la acompañaba. O tras «lo ido para siempre»... queda un «pequeño espacio incierto». Dionisia García invierte la inercia a convertirlo todo en tiempo y, con la delicadeza verbal que la caracteriza, consigue transformar el tiempo –incluso su ausencia-- en un lugar, en un espacio habitado. 
    Una de las razones del lamento por la condición temporal es la capacidad que ésta posee para acabar con los lugares: «Ya no están quienes fueron. / En el rincón se alzan modernos edificios». El poema donde aparecen estos dos versos, sin embargo, no trata de esa pérdida, sino de lo que existió como si existiera aún. Un texto posterior enfrenta a la autora, que contempla los cofres del «viejo teatro» --ahora almacén de cereales--, con el guardián actual, que no comprende a quien mira el vacío: «En su mirada nueva, habla mi desvarío». Para Dionisia García el tiempo carece de capacidad para rasurar los lugares de una vida: «Escarbo en aquel tiempo / y puedo conseguir / la visión de la calle: / tierra y grava / entre cándidas luces». El tiempo ya no es el fin de la meditación poética, el fin es aquella calle. Porque, dice otro poema, «soy aquellas cosas». O dicho de otra manera: cada mujer y cada hombre es los lugares por donde ha pasado, y estos escapan definitiva y felizmente de la vorágine disgregadora de la temporalidad: «el tiempo no camina en la estancia poblada».

El Ciervo nº 588. Marzo de 2000
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EL ENGAÑO DE LOS DÍAS, de Dionisia García 
Tusquets editores, Barcelona, 2006

Qué poco se sabe, en verdad, de las generaciones. Recordando a Quevedo, se diría que sólo son «sucesiones de presente». La crítica las desprecia. La historia literaria se conforma con guardar en formol su aroma juvenil; como si a la historia, astuta señora, sólo le interesaran los poetas de veinte años. Y sin embargo, ante libros como El engaño de los días, qué dimensión cobran las generaciones. En todos los aspectos. Dionisia García nació el mismo año que Gil de Biedma y Valente, y a los lectores de la poeta les gustaría encontrarla conjugada en el contexto de su tiempo; porque la historia literaria, para ser historia, ha de abarcar todos las pulsiones de una época, no sólo las centrales. Una generación no es una fotografía, es un tránsito. No es sólo un presente, es un modo de encarnar pasado y pérdidas que sigue su camino: «Nos duele que la luz nos abandone… / Sin embargo, compensa la aventura / de entregar a los otros el testigo». El engaño de los días es el testigo que Dionisia García entrega a su tradición y es también algo más: una sobrecogedora lección sobre el modo poético de mirarse a uno mismo y al mundo de una época; su época. Y como tal, es un libro que vertebra a su generación.
    Ordenado en tres partes equivalentes, cada una con 24 poemas, Dionisia García trata en ellas los tres ámbitos que construyen su poética: la temporalidad, la mirada interior y la mirada exterior. No se trata, no obstante, de tres aspectos estáticos, sino que se entrecruzan en las tres partes y su dinamismo –palabra clave en el comentario de este libro- arraiga, con frecuencia, en una concepción odológica del poema: el paseo. Sus paseos son un caminar de raíz machadiano atento al mundo, pero también un inquieto caminar el mundo, su pasado, su actualidad cambiante, su movimiento. La tercera parte es, de hecho, un auténtico tratado de otredad solidaria, esencialmente lírica, en el que la mirada tanto retrocede a las aguadoras de la infancia o a los vestigios de una guerra civil, como emerge en noticias de masacres y guerras, de un suicidio de jóvenes en Japón o de un paisaje que cambia en manos de los mercaderes. Lo singular de Dionisia García es que cada uno de estos enunciados menciona sólo el asunto de un único poema. No convierte ninguno de ellos en tema poético: porque el tema de su poesía está por encima: es la mirada de la poeta a quien nada de cuanto ocurra le resulta ajeno. Y esta inquietud sin límites, este considerar que la poesía carece de restricciones temáticas que Dionisia García tan bien representa, es una de las herencias más preciadas de su generación. 
    Mirada interior y temporalidad comparten dinamismo: tanto el tiempo cronológico del poema como el tiempo interior, bergsoniano, giran en todas direcciones. Se remontan a los recuerdos, evocados en su envoltorio de sueños; se afianzan en una mañana o una tarde, en un lugar concreto; contemplan con clarividencia cuanto ha de llegar («antes que otro destino me arrebate»). Lo mismo podría decirse de los asuntos tratados, cuya voluntad es componer «Una sola mirada perdurable»; es decir, prima la conciencia de que la poesía no está en este u otro asunto, sino en el gesto de salvar de las aguas del tiempo («el agua / indolente trasiega») cuanto se desvanece de una época. Este es el testigo que pasa Dionisia García como un legado que no sólo es personal; acaso sea el de toda una generación que nos cede su «mirada perdurable» para que sigamos viendo.

El Ciervo nº 662. Mayo de 2006
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LA APUESTA, de Dionisia García 
Nausícaä, Murcia, 2016

Libro intenso y reflexivo en el que Dionisia García escribe («escarbar», «arar» son sus sinónimos) entre el susurro de las confidencias con palabras al tiempo sensuales y lúcidas. Libro crepuscular que no habla del tiempo que acaba, sino del que crece, se expande, vibra y ahonda con esperanza. Descubre el sentido del presente, construye la metafísica del ahora. Pero no en abstracto, sino fundado en el «mirar», que ha sido siempre la fuente de donde mana la poesía, una naturaleza nada decorativa, sino trascendente. Es un gran libro religioso. Una meditación personal sobre la dimensión de lo espiritual y sobre la comunión entre la naturaleza y lo sagrado. Una fusión que no está en el exterior, sino en el sujeto, en su modo de comprender lo incomprensible, el acaso que es la vida, tema de La apuesta. Una lección de pensamiento poético sobre la esencia del vivir.

El Ciervo nº 758, julio-agosto, 2016

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