El balcón de enfrente

sábado, 6 de mayo de 2017

La huella del tiempo. «Poesía Completa» de Francisco Brines


POESÍA COMPLETA (1960-1997), de Francisco Brines 
Tusquets Ed., Barcelona, 1997 

Ante esta tercera edición de su Poesía Completa —las anteriores aparecieron en 1974 y en 1984, todas publicadas bajo el lema Ensayo de una despedida— y la ocasión que brinda para contemplar reunida la obra de Francisco Brines (1932), el lector siente la tentación de pensar que ha crecido a través de cuatro décadas con una firmeza ajena a modas y mudanzas. Pronto comprende que es este un elogio extraño, pues fuera de las tramas artísticas de cada período solo suele florecer lo naïf
    No siempre el ambiente artístico y social de cada época viaja con la obra de los poetas, en muchos casos porque es tan mediocre que únicamente puede interesar a quien lo padece. Se puede leer perfectamente a Fernando Pessoa sin conocer el contexto en el que surgieron los heterónimos, pero eso no significa que no existiera un pequeño mundo literario contra el que se fundó el pensamiento poético de Caeiro o Álvaro de Campos. Suele entenderse por contexto sólo aquel que viaja pegado a la obra (la poesía de guerra de Miguel Hernández, por ejemplo) o aquel otro que explica desde fuera las razones de una obra (ciertos realismos adjetivados, por ejemplo). Existen también otra posibilidad: cuando se escribe en contra de un canon. 
    El contexto literario en el que nace el Ensayo de una despedida ensalza como modelo de poeta a un populista Antonio Machado —Valente ha señalado con acierto cómo la reivindicación de Machado fue tan injusta con su obra como el silencio anterior— y denosta el elitismo de Juan Ramón Jiménez, a quien ni siquiera sus discípulos directos se atrevían a defender, y alguno más tarde lo ha lamentado públicamente. El primer signo que la obra de Brines trasluce en su momento es que se siente más próximo a Juan Ramón que a ese Machado —sesgadamente entendido— que se impone como canon. Pese a que siempre se le ha tenido en cuenta en las antologías y estudios generacionales, hay en los libros de Brines unos intereses (en el lenguaje, en los temas, en las referencias) escasamente compartidos en los años iniciales de su generación. 
    Es habitual establecer las afinidades poéticas —el contexto— sólo en el rígido marco de una misma generación. Desdeñar este marco, sin embargo, no significa carecer de un contexto, que también puede establecerse hacia atrás o con las promociones siguientes. Y en este aspecto resulta paradigmático el caso de Brines, cuyas afinidades antes y después de su generación explican mejor su obra que las establecidas en su época. En su pasado inmediato la poesía de Brines emparenta con ciertos poetas incómodos con la división entre arraigados y desarraigados de la posguerra, como Carlos Bousoño o el José Hierro del Libro de las alucinaciones
    Más significativa es su relación con las generaciones recientes. A principios de los años 80 sus libros, Las brasas o Palabras a la oscuridad, atrajeron la atención de los poetas más jóvenes, que encontraron en su visión de la naturaleza y del amor defendiendo su belleza ante la zarpa del tiempo un modelo literario con el que olvidar los desafueros del venecianismo. Esta sintonía entre Brines y los poetas de los 80 alcanza su expresión más feliz en 1986 con la edición de El otoño de las rosas —dedicado en su conjunto a Juan Ramón y a Cernuda, dos poetas presentes en la formación de Brines—, un libro extraordinario que con el tiempo tal vez ilustre mejor que ningún otro las aspiraciones líricas de una década. 
   Esta forma de apartarse de su contexto natural y buscar afinidades anteriores y posteriores no condiciona la lectura de la Poesía Completa de Francisco Brines, simplemente la acompaña y tal vez con el paso de los años desaparezca como un adorno inútil y sólo quede la hondura metafísica de algunos poemas, la contemplación de una belleza natural vívida en otros, y la fuerza interior de la pulsión lírica o la huella de la deflagración del tiempo sobre los ojos, en cada uno de sus versos, siempre.

[El Ciervo nº 562. Enero de 1998]

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