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El balcón de enfrente

domingo, 27 de noviembre de 2016

Dimensión generacional de la obra de Luis Feria, a propósito de «Salutaciones» y «Casa común»


1. Los libros inesperados.
Recuerdo con bastante claridad la lectura de Salutaciones en el año 1985. No he olvidado la sensación de desconcierto que me causó. ¿Por qué desconcierto? El libro era atractivo, sin duda, y el lector comprendía inmediatamente sus cualidades contrastándolas con su acerbo de lecturas. Ahí surgía el desasosiego, ¿un libro con semejante altura, no merece un arraigo mayor en el catálogo referencial de la época? ¿Quién es Luis Feria? ¿Dónde está contemplado que Luis Feria pueda escribir un libro como Salutaciones? El volumen concluye con una pequeña nota donde se citan dos títulos difíciles de encontrar en las librerías. ¿Dónde se habla —en qué artículos, antologías o manuales— de Luis Feria?
   Otros críticos se han formulado también esta pregunta. Miguel Martinón afirma: «Pero cualesquiera hayan sido las causas de esa discontinuidad, el caso es que las entregas que tendrían que haber seguido a Fábulas de octubre para confirmar el nombre de Luis Feria entre los poetas de su generación no se produjeron. Este hecho explica en gran medida la ausencia de nuestro autor de las antologías y estudios generales que se han hecho sobre la poesía española de las oleadas de posguerra» [en: M.M., La poesía canaria del medio siglo, Santa Cruz de Tenerife, 1986, págs. 113-114]. Y Jorge Rodríguez Padrón aclara: «Su ausencia de los panoramas críticos o antológicos de la poesía española de su generación (cosa que, en parte debemos imputar al carácter rabiosamente independiente del escritor) ha favorecido también el olvido de su obra» [en: J.R.P., Lectura de la poesía canaria contemporánea, Islas Canarias, 1991, pág. 485].
    Discontinuidad y rabiosa independencia son, al parecer, las razones por las que un lector convencional, en 1985, no sabía nada de Luis Feria. Prefiero no comentarlas, aunque lo que de verdad preferiría es pertenecer a otra tradición crítica más comprometida con la realidad literaria. Las dos respuestas, de cualquier modo, satisfacen poco, aunque bien pensado, ninguna respuesta puede dar una explicación satisfactoria a un olvido.
    El olvido absoluto de Feria, y de otros poetas de caso semejante, su ausencia de antologías, estudios, ensayos, artículos... conduce directamente a cuestionar cuanto se ha dicho y, sobre todo, cuanto se repite de su generación. Una generación que no contemple e integre al autor de Salutaciones o una generación que no se responsabilice de libros como: Mnemosine, de Dionisia García (1981); Ocaso en Poley, de Vicente Núñez (1982); Cantar en el ansia, de Arturo Maccanti (1982); Precisión de una sombra, de César Simón (1984); Ex libris y Compás binario, de María Victoria Atencia (1984); Lápidas de Antonio Gamoneda (1986); El náufrago sale, de Manuel Padorno (1989); Libro de los Reyes, de Rafael Pérez Estrada (1990); Con la luz que declina, de Ricardo Defarges (1991)...
    Un instrumento que deje para el capítulo de las excepciones estos libros que cito sólo a modo de ejemplo, no sirve para nada. Es una herramienta inútil.
    Algo así pensé en 1985, tras leer Salutaciones. Hoy pienso otras cosas, porque como dice Hegel desde una cita que Luis Feria coloca al inicio de la segunda parte de Fábulas de octubre: «El pasado, a medida que se aleja, se transforma en su sentido». Aquel desconcierto mío de 1985 hoy tiene, para mí, el sentido que trataré de exponer.

2. Malentendidos generacionales
Partamos desde el principio: ¿Qué es eso de las generaciones? El concepto de generación ha suscitado un buen número de malentendidos que lo definen mejor que la teoría.
    El primer malentendido, ya histórico, es la confusión histórica, pues se remonta a Salinas y a su célebre conferencia de 1935, entre grupo generacional y generación, es decir, entre grupo de amigos y grupo de edad. No estoy convencido, sin embargo, que este malentendido haya sido superado, pues resulta fácil encontrarlo bajo frases como ésta: «tal autor no cumple con las características de la generación donde el crítico erróneamente le ha incluido». Frase casi literal que he leído en prensa hace poco.
    Sabíamos que la historia europea, con su baile de fronteras, ha dejado multitud de apartidas, y de ello ha sacado notable partido la novela policíaca; lo que no imaginábamos es que la poesía española, con su baile de generaciones, hubiera dejado tantos poetas ageneracionales, es decir, fuera del tiempo, pues en sentido literal sólo se puede evitar formar parte de una generación no naciendo. Nacer es ya una incisión en el tiempo, como bien supo y con cuánta pesadumbre, el primer Luis Feria. Y esa incisión, en historia y en sociología, se denomina generación. Así pues, cuando un autor es «rabiosamente independiente» como Feria, el error no está en atribuirle una generación equivocada, sino en formular sus características de modo que no se contemple lo que no puede existir: excepciones a una generación.
    Y por último quiero mencionar otro malentendido: el no estar en el momento adecuado en el lugar propicio es un hecho que justifica la exclusión generacional y aun cuestiona el origen. Miguel Martinón (1985, págs. 19 y 20) acumula nada menos que 5 razones (a saber: una, que publica sus primeros poemas en Canarias; dos, que cuando gana los premios nacionales la prensa le dedica atención (literal) “considerándolo como autor canario”; tres, que no aparece en San Borondón pero sí en «La fuente que mana y corre»; cuatro, que sus últimos libros (en 1985) los ha publicado en Canarias; y cinco, que su mundo literario (cito) «tiene un claro origen en la naturaleza o la vida de las islas»); 5 razones 5 para poder considerar a Luis Feria como poeta canario. Que un crítico necesite realizar un despliegue tal de argumentos para demostrar lo obvio denuncia que la cuestión no siempre es tan clara como debería.

3. Articulación generacional en poesía.

Hablar de generaciones en literatura exige articular un sistema crítico que integre a todos los poetas nacidos en una zona de fechas que ha delimitado la teoría generacional con una amplitud sociológica o histórica, como se prefiera. El sistema que exige el hecho de hablar de generaciones en literatura es, en realidad, muy sencillo. A grandes rasgos es posible identificar, en una generación contemporánea, en primer lugar, una historia literaria central, constituida bien por los sucesos o debates estéticos que mayor relieve alcanzaron en la sociedad del momento y que suelen protagonizar las primeras visiones que se trazan sobre la época, bien por los libros que acumularon mayor protagonismo crítico en el momento de su aparición; en segundo lugar, una historia literaria que sucede al margen de las preocupaciones centrales, bien sea por su carácter local –margen geográfico-, bien sea porque se aparta, voluntariamente o por rechazo, del gusto dominante –margen a veces sociológico, a veces estético-; y, en tercer lugar, en ocasiones acaece una historia literaria oculta, invisible en su momento, que sólo es descubierta y valorada tiempo después.

4. La doble centralidad del 50

Si se aplica esta articulación paradigmática a la generación de 1931, a la que pertenece Luis Feria por el simple hecho de haber nacido en 1927, el resultado que se obtiene explica bien el panorama tal como se consolida en la década de 1960. Entonces sí es perceptible un núcleo central, compuesto por los poetas que aparecen con más frecuencia en las antologías de la época –unos gracias a una dinámica actividad generacional (ediciones, manifiestos, congresos... como el denominado grupo de Barcelona), otros por el interés que suscitaron sus primeros libros (como Brines o Claudio Rodríguez). Es posible también identificar diversos sectores que se quedaron al margen, a veces por factores tan peregrinos como el origen, así la mayor parte de los poetas andaluces del 50 obtuvieron escaso reconocimiento en aquellos momento (de los poetas canarios, mejor no hablar); o como la edad, pues los poetas nacidos en las inmediaciones de la guerra civil, que a sí mismos se denominan con desesperación poetas del sesenta, no son más que un amplio margen de la historia literaria central de la poesía de esa generación. Hasta aquí, todo más o menos cuadra. Luis Feria podría integrarse con dignidad en un márgenes que con paciencia y estudio se pudieran establecer –bien geográficos, bien epigonales...
  Ahora bien, en 1985, esta articulación, ante un libro como Salutaciones, resulta insatisfactoria. En los años 80, la obra de Vicente Núñez, de María Victoria Atencia, de Antonio Gamoneda, de Rafael Pérez Estrada, de Luis Feria, de Manuel Padorno, de Arturo Maccanti, de Ricardo Defarges, de Ángel Crespo, de Fernando Quiñones, de César Simón... ¿Es posible considerar sociológica, estética o generacionalmente a estos poetas como no centrales? Resulta inconcebible que estos poetas sean ubicados en el margen de un centro que en los años 80 no irradió ningún libro que ampliara el conflicto percibido como central en los 50, acaso la excepción sea El otoño de las rosas de Brines.
    Para comprender cabalmente un libro como Salutaciones, y los libros que le seguirán en la fértil etapa final de Luis Feria, es necesario introducir un concepto sociológico o histórico-literario, como se prefiera, que sólo puede ser el de una doble centralidad generacional. A principios de los años 80, cuando parecía cerrada la historia literaria de la generación de 1931, se produjo un fenómeno inesperado que ha alcanzado una envergadura que reclama para sí una nueva centralidad. Se trata de la reaparición de poetas que empezaron a escribir y publicar en su juventud —dentro del marco cronológico de la generación, pero sin superar un carácter local o marginal—, y más tarde mantuvieron una actitud apartada de la vida literaria, cuando no un largo silencio editorial, que en ocasiones superó la década. A partir de los años 80 los nuevos libros de estos autores, sobre los que apenas existía una expectativa crítica, sorprenden con un universo estético que se aparta de los modelos conocidos y trazados para su generación, es decir, para sus coetáneos con una obra consolidada en aquellas fechas. Cada poeta renace, además, con un proyecto poético singular que aporta matices originales y desconocidos. Son, sin duda, autores que hoy se consideran centrales en la historia de la poesía contemporánea española y entre los que figura, sin ningún género de dudas, Luis Feria.

5. Las crisis del realismo.
Esta articulación con doble centralidad de la generación de 1931 tendría un interés anecdótico, externo, histórico tal vez, si no fuéramos capaces de otorgarle un valor crítico, interno, poético. Eso es lo que voy a tratar ahora de exponer, precisamente con la ayuda de Salutaciones y Casa común.
   La tópica generacional ha sido estudiada y establecida, siempre en relación a los poetas que consolidaron su prestigio como centrales en el curso de los años 50 y 60. No es necesario repetir aquí lo que está incluso en los libros de texto, pero tal vez sea conveniente subrayar el concepto fundamental que, a modo de superestructura, amparaba las aspiraciones estéticas de la generación: el realismo. Realismo es hoy un término tan vago como equívoco, pero en aquellos años tenía un claro significado programático que apuntaba a lo más alto, es decir, a nombrar el estilo que iba a definir la época. Eso es lo que afirma José María Castellet desde el prólogo a su antología titulada Veinte años de poesía española. Antología 1939-1959 (1960), una de las apuesta de mayor ambición generacional, y por lo tanto de mayor influencia entre los poetas de entonces. Una simple cita despejará las dudas sobre la aclamación realista del núcleo que se atribuye la centralidad de la generación. Dice Castellet: «la más joven generación [se refiere, claro, a los poetas de la generación de Luis Feria]... incorpora una dimensión histórica a la actitud realista de sus mayores». Es decir, la continuidad realista de los jóvenes de entonces otorga una dimensión de época al realismo. Este es, pues, el concepto que se percibe como central en la propuesta de la generación.
   El realismo es un entramado de actitudes estéticas que se sostiene en tres pilares que no siempre son homogéneos: uno es el contexto cotidiano, otro es una actitud lingüística que se aproxime lo más posible al lenguaje de uso o coloquial, y el último pilar es la exploración prioritaria de temas coyunturales. La crítica ha reconocido, con mayor o menor entusiasmo, la filiación a ese realismo de época de Luis Feria en sus dos libros mayores de los años 60. También ha visto, 3 ó 4 décadas más tarde, que la obra realista de Luis Feria proporcionaba las claves suficientes para plantear, retrospectivamente, una perspectiva que soslayara ese realismo a favor de otros aspectos ahora más prestigiosos, y que también latían, evidentemente, en un libro tan plural como Conciencia. Jorge Rodríguez Padrón lo ha dicho con enorme lucidez: «Hasta Fábulas de octubre, la poesía de Luis Feria manifestaba un contacto más prudente y objetivo con la realidad, mantenía las posiciones de ésta y del autor para corroborar, en todo momento, la superioridad del último y su sabiduría con respecto al lenguaje» (1991, pág. 500).
Esta opinión crítica resume bien lo que pensamos hoy de la primera obra de Luis Feria, pero conviene no olvidar que en el momento de la edición, un autor tan central entonces como José Caballero Bonald afirmó que «el mejor poema del libro» era “La espera”, extenso poema narrativo donde Feria evoca el embarazo de una joven obrera en un contexto de posguerra. Y alguna razón tenía, pese a que Miguel Martinón se apresure a declarar que no puede «compartir esta valoración», pues “La espera” es uno de los mejores poemas del realismo en España.
   ¿Qué realismo podía interesar a Luis Feria? En poemas como “La espera” se advierte la presencia estética del contexto cotidiano, aunque su tema nada tenga de coyuntural y navegue con destreza entre la esperanza en el futuro propia de Antonio Machado y el tema del presentimiento absorbido directamente en Jorge Guillén. Luis Feria siempre supo sacarle partido al contexto cotidiano, pero nunca escribió un poema con tema coyuntural, siempre prevalecía lo que Rodríguez Padrón denomina «las posiciones del autor», es decir, los tema líricos. Por encima seguramente de estos dos aspectos realistas, la preocupación mayor del poeta de Conciencia era el lenguaje. La cita inicial de este primer libro, que es también, no se olvide, la que abre -junto a la dedicatoria a sus padres- el conjunto de su obra, así apunta: «Deja, señor, esos rodeos; deja esas poesías, que no es habla conveniente la que a todos no es común, la que todos no participan, la que pocos entienden. Di: aunque se ponga el sol, y sabrán todos lo que dices». Fernando de Rojas.
   El lenguaje es, también lo apuntaba Rodríguez Padrón, la preocupación que va a presidir todas las etapas creativas de Luis Feria y, evidentemente, el nexo que las reúne y articula.
La cita de Fernando de Rojas daba autoridad a uno de los principios del realismo: el uso poético de una habla que a todos sea común. Ahora bien, ¿son Salutaciones y Casa común dos libros realistas? Es posible que nos apresuremos a decir que no. No, al menos, en el sentido en que “La espera” era un gran poema realista. Sin embargo, si realizamos una enumeración de títulos de poema, elijo algunos al azar: “Hogaza”, “Charco”, “Taza rota”, “Vino tinto”, “Mosca”, “Tenedor”, “Mecedora vieja”, “Estropajo”... El propio título del segundo libro, Casa común... Si echamos un vistazo veremos en seguida que los recursos más empleados en ambos libros tienen que ver con una visión coloquial del lenguaje, pues casi todos los poemas, de hecho, están escritos como partes de un diálogo... Volvemos a hacernos la pregunta, ¿son Salutaciones y Casa común dos libros realistas?
   El realismo es, evidentemente, el punto de partida del libro –de ahí los títulos-, los recursos tampoco han cambiado -de ahí el tono dialogístico y coloquial-, el resultado poético, sin embargo, ya no responde a las expectativas de objetividad, claridad e inmediatez del realismo; el resultado poético apunta claramente al orbe de lo subjetivo, de lo imaginativo y de lo atemporal.
   Este dar la vuelta al realismo y sus implicaciones para convertirlo en su opuesto, este darle a la realidad otra entidad y otra dimensión diferente además de la real apuntan un propósito que me parece claro: una profunda grieta en la comprensión realista del universo, lo que podríamos denominar la crisis del realismo.
   Como ocurre siempre en los grandes poetas, y Luis Feria también en este aspecto demuestra serlo, un inocente poema de 1962 presagia y vaticina lo que va ser el desarrollo de su obra hasta el final. Es un poema de sólo cuatro versos: «La realidad parece que nos toca, / Que es una sola su presencia cierta. / Avanzamos la mano y nunca es una / Su espejeante imagen evasora».
   Resulta fácil parafrasear el poema dando sus claves metapoéticas: “La realidad parece sólo abarcable por una estética realista, pero conforme avanza la obra se descubre su espejante imagen evasora, es decir, su irrealidad, su punto crítico”.

6. La clave profunda del 50.
Este es, estoy convencido, el valor paradigmático que Salutaciones posee en la construcción de su época. La construcción de un período no se agota, como a veces parece, en los años de juventud de una generación, sino en toda su extensión temporal. Tal vez en la juventud la aportación resulte más densa y determinante, y con el paso de las décadas, y la sucesión de nuevas generaciones, quede su significado diluido en la complejidad de la época contemporánea. No es este, sin embargo, el caso de este segundo nacimiento generacional, que se presenta con una rotundidad, nitidez y densidad propias de la juventud. Porque Salutaciones no es un caso insólito ni aislado. Análogo poder corrosivo de la visión realista, desde múltiples y personales planteamientos estéticos, se puede señalar en libros, anteriores o posteriores, de José Ángel Valente, Antonio Gamoneda, María Victoria Atencia, Rafael Pérez Estrada o Manuel Padorno —recuérdese su reciente y significativo título: Hacia otra realidad. La obra de todos estos autores, tan diversa y múltiple, coincide, sin embargo, en delatar de una forma explícita o implícita, con acompañamiento teórico o sin él, con énfasis o de una manera personal —como actuó siempre Feria—... todos ellos coinciden en delatar la profunda crisis del realismo.
   La crisis del realismo da cuerpo crítico, poético, íntimo a la segunda centralidad en los años 80 y 90 de la generación de 1931, y cumple también otro papel decisivo: poco a poco va a imponerse, algunos críticos ya lo tienen claro, en la clave de lectura que otorgará valor o se lo restará a los poetas que escribieron y publicaron también en los años 50 y 60. Vaticino que la jerarquía crítica de la Generación del 50, aún por establecer en gran medida, se realizará en torno a este principio: los poetas en cuya obra se perciba con mayor intensidad la crisis de la visión realista del mundo resultarán mejor valorados que aquellos que se ajustaron con pericia al modelo realista.
   Aquel desconcierto que sentí en 1985, al leer Salutaciones, hoy tiene el sentido que acabo de exponerles. Hoy, para mí, como poeta, esta articulación sociológica, histórico-literaria y crítica explica satisfactoriamente la herencia recibida del pasado más reciente.


7. Ritmo binario en la obra poética de Feria
Una vez determinado el papel histórico que le atribuyo a Salutaciones y a Casa común, conviene detenerse en el análisis del atractivo literario que justifica un esfuerzo tal de contextualización.

   Se puede considerar que Salutaciones (1985) y Casa común (1991) forman un ciclo poético con características singulares en el conjunto de la obra de Luis Feria, cuya segmentación presenta cierto ritmo binario. No creo que se trate de una fórmula apriorística del autor, es decir, que fuera consciente de escribir dilogías como los narradores estructuran trilogías; antes tengo la impresión de que estas agrupaciones dobles son fruto espontáneo en Luis Feria, son el resultado de una tendencia vital a desarrollar las ideas poéticas en ciclos con dos fases. A veces incluso se percibe con qué entusiasmo y perspectiva se abre el ciclo en el primer título y con qué laconismo y condensación se cierra en el segundo. Esta segmentación binaria que se propone podría ser la siguiente:

*Conciencia (1962) y Fábulas de Octubre (1965) —forman un primer ciclo cuyo «tema central es la vivencia dramática del tiempo» como muy bien lo ha definido y analizado Miguel Martinón (1986, pág. 131).

*Calendas (1981) y Clepsidra (1983) –anuncian al alimón el regreso a la poesía amparados en análoga estructura, similar condensación poética y las mismas implicaciones temporales. Es probable que en el momento de la escritura de Salutaciones, Luis Feria lo proyectara como una continuación natural del ciclo abierto por Calendas y aquí pensara incluirlo. De hecho Salutaciones comparte los recursos retóricos que este pequeño ciclo de interregno inaugura, y, sobre todo, es deudor de estos dos libritos en su estructura. Las dos partes en que se divide Salutaciones tienen una clave temporal, más difusa que en Clepsidra, organizada por estaciones, pero aún así clara: los poemas del invierno hasta la primavera ocupan la primera parte de Salutaciones y los poemas del verano hasta el otoño se sitúan en la segunda. Sin embargo, la posterior publicación de Casa común aconseja reunir Salutaciones junto a este título, con el que comparte un número mayor de rasgos formales.
   El resto de la obra de Feria se agrupa fácilmente en tres subconjuntos más:
*Dinde (1983) y Más que el mar (1986) –consolidan su experiencia del poema en prosa.
*Subrogación de Sor Emérita y otros prodigios (1987), Del amor (1988) y Seis querellas de amor (1991) –pese ser tres títulos, en el fondo, responden a una experiencia poética binaria, pues el primero y el segundo comparten textos, y eso en Feria es una excepción que sólo se explica por el vínculo tan próximo entre Subrogación y Del amor –acaso sólo roto por circunstancias de publicación. El tema parece la característica más significativa de los tres ediciones casi secretas, aunque las dos fases divergen sensiblemente entre sí en el tono: Si al principio el ciclo es un concurrido festejo donde personajes de distinto origen, históricos unos, imaginarios otros, ilustran un rico anecdotario del amor, allí donde éste limita con la voluptuosidad, con el sarcasmo y con el humor; al final, Seis querellas de amor es un denso, lírico e impresionante poema de amor, en el sentido casi renacentista del género: «Cuando amo no amo nada más que tu amor / Si me quitas los ojos miraré con los tuyos / sólo soy lo que eres, si tú no estás no estoy».
*El ciclo final compuesto por Cuchillo casi flor (1989) y Arras (1996), me parece una coda excepcional a toda su obra, pues en estos dos libros, que caminan uno tras otro hacia la condensación máxima, aparecen todos sus tonos, todos sus temas, todo Luis Feria.

8. Salutaciones, Casa común y la vida sin tiempo
Salutaciones está compuesto por 34 poemas organizados en dos partes de 15 y 19 textos cada una. Tal como se ha adelantado en el párrafo anterior, esta estructura se relaciona vagamente con dos épocas del año, una donde predomina el frío y otra de calor; en algunos poemas este vínculo temporal incluso aparece explícito.
Casa común está compuesto por 26 poemas ordenados alfabéticamente por su título. Entre ambos libros es posible detectar algunas diferencias que afectan básicamente a la distinta intensidad con la que se usan algunos recursos.
   El aspecto formal es uno de los elementos que identifican el ciclo. Todos los poemas de Salutaciones y Casa común aparecen titulados por un término o una expresión —siempre con un sustantivo concreto1— y cuentan con un número de versos que oscila entre los 4 y los 21. Son, pues, breves, pero no brevísimos como eran en el ciclo precedente. El ritmo libre está conseguido alternando sin esquema previo heptasílabos, endecasílabos, alejandrinos y una suerte de verso extenso que suele ser la suma de dos versos métricos.
Título y poema establecen entre sí una relación que sigue las mismas pautas de las estructuras bimembres que Jorge Rodríguez Padrón había descubierto en Calendas y Clepsidra (1991, pág. 502), sólo que ahora la función objetivadora de la experiencia, que aparecía en los dos primeros versos, pasa a integrarse en el título, y la asunción subjetiva se ha adueñado ya de todo el cuerpo del poema; esta invasión de lo subjetivo resultará bastante significativa de las intenciones últimas de los textos.
   Cada título nombra un objeto (estropajo, taza rota, mecedora vieja...), un alimento (hogaza, macarrón...), un lugar (cocina...), un animal (gallina, ratón, mosca...), un vegetal (musgo, higuera...) o un genérico de persona (niña). Todos los títulos de ambos libros se pueden englobar en un único campo semántico: la casa, en el sentido amplio de lugar donde se expresa la vida cotidiana.
   “La casa” era el título de uno de los primeros poemas de Conciencia. Conviene recordar ahora sus dos extraordinarios versos finales: «El día va creciendo por los huesos / lo mismo que un amor que se adueña de todo». Este amor que se adueña de todo del poema de 1962 se convertirá en la razón de ser del ciclo poético que se inicia en 1985.
   En Fábulas de Octubre hay un poema cuyo título llama la atención, pues otorga a la casa una ascendencia humana: «La casa abuela». El poeta encuentra en ruinas la casa y antes de establecer un contacto humano con ella («y en el inabordable dominio del silencio / dialogamos») describe las pérdidas de esta forma: «el invierno hurtador te vio / renquear y se llevó hacia el viento tus viveros / de amor, hojas, portones»... Viveros de amor remite directamente a la idea expresada en “La casa”: un amor que se adueña de todo.
   Jorge Rodríguez Padrón aventura con tino que: «Tres cosas hay ciertas para Luis Feria, y se anteponen a todo concepto; tres poderosos soportes obran en su conciencia y mantienen la validez de su poesía: la vida, el amor y el tiempo» (1991, pág. 485). La relación entre vida y tiempo, decisiva para el primer ciclo poético de Feria, que Martinón había definido con exactitud como «la vivencia dramática del tiempo» pierde su carácter dramático y su función protagonista en el ciclo que Salutaciones inicia. Queda relegado a un papel secundario, como mera mención o recurso enfático de algunos poemas. En “Avispa”, por ejemplo, tras mencionar “su cana” (metonimia de la vejez) que la avispa con su donaire de mayo debe enterrar, apunta este verso: «cómo me odia el tiempo». Salvo estas menciones esporádicas y enfáticas, recuerdo de un tema ya neutralizado por Feria; el tiempo, su vivencia dramática, ha dejado de ser relevante en su poética.
   La nueva alianza temática se establece entre vida y amor. Si el campo referencial del conflicto entre vida y tiempo era la infancia perdida, ahora el ámbito del idilio que ha vencido el tiempo es, lo hemos apuntado ya, la casa, el acontecer cotidiano.
   Luis Feria escribió, mitad en un torno sarcástico y mitad en un tono noble, un pequeño ciclo de poemas sobre el amor y de amor. El sentido del concepto amor que ampara Salutaciones y Casa común, no es el mismo. En el ciclo sobre el amor, este nombra claramente las relaciones entre personas. En Salutaciones y Casa común se trata de una idea del amor más amplia y abstracta, pero no menos definida. La habíamos encontrado bien expresada en los dos poemas de los años 60 que hablaban de la casa (un amor que se adueña de todo y viveros de amor) y la anuncia con lucidez un poema de Clepsidra que anoto ahora: «Cuánto azul, qué de vida, qué de mar. / Qué de luz tan sin fin. / Agosto para siempre; / no es injusta la muerte después de tanto amor».
   Este amor que ha neutralizado la injusticia de la muerte, es decir, la «vivencia dramática del tiempo», es el concepto activo que ampara el ciclo que abre Salutaciones y cierra Casa común. Esta neutralización prende en un concepto que se convierte en motivo recurrente del ciclo: “la vida breve”, expresión donde late el nuevo carpe diem en el que se sitúa la poesía de Feria para disfrutar y gozar del mundo –como si se tratara de una nueva infancia, quiero decir, de un nuevo tiempo sin conciencia del paso del tiempo.
   Veamos sólo dos ejemplos de Salutaciones: El poema “Higuera” sitúa el nuevo tiempo en el polo opuesto de la angustia: «Oficio de dulzura, ay de la vida breve; / júbilo, mancebía / fuera de la tierra». El amorío, de deliciosa y original ironía, que establece con la “Cebolla” plantea una hermosa paradoja interna: ahora pasa lo que no se siente pasar (el tiempo), subrayado incluso desde la lengua poética por los arcaísmos: «Oigo el rumor candongo de la música, / el humo de fritangas coge el aire, / las parejas canturrean, la flor de amor sospira, / y nosotros aquí / oyendo de pasar la vida breve».
   El último poema de Salutaciones, “Amapola”, se encarga de hacer explícito, en el último verso, lo que hemos visto implícito en todo el libro: «Si por tu torre urgente me abatieran / Pon vida en mis cenizas, échame tu sangre / Que al caer las estrellas me hallen destinado; / No podrá más la destrucción que el fuego». Si se considera fuego como metáfora petrarquista de extensísima tradición, el significado del último verso surge radiante: no podrá más la destrucción del tiempo que el fuego del amor y de la vida.

9. Pansubjetividad e imaginación lingüística
En un momento de la exposición se había adelantado que el ciclo inaugurado por Salutaciones y concluido en Casa común apunta claramente al orbe de lo subjetivo, de lo imaginativo y de lo atemporal. Esta me parece la triple conjunción alquímica que otorga singularidad y atractivo a esta poesía de Luis Feria. De la tercera característica hemos dado suficiente razón en el párrafo anterior, pero no se puede concluir el comentario de estos libros sin decir algo sobre las otras dos.
   El carácter subjetivo de este ciclo resulta peculiar. Cabe empezar alertando sobre su raíz, que no es romántica, es decir, que no responde a una personalidad que se enfrenta con el universo objetual arriba definido. Se trata, más bien, de un sujeto poético a merced de la subjetividad —prosopopeica— de los objetos. Hay en Salutaciones y Casa común —si se me permite el neologismo— un “pansubjetivismo” con el que el sujeto lírico se impregna, creándose a sí mismo mediante el diálogo con la subjetividad de los objetos. Bien de un modo desiderativo (en “Hogaza”, por ejemplo: «Corteza, orografía, toca-/me, sáname, rásame / mi vida con arruga / éntrame al migajón, al vientre tuyo»), bien de un modo enunciativo (como en “Musgo”: «fray musgo Asís, franciscano mendicante / con qué amor tan prudente me arrebañas»); bien mediante identificaciones (como en “Charco”: «Acaso eres mis lágrimas/ ay del que pise tu ternura mía»), siempre en un diálogo directo, siempre en una constante prosopopeya: a la “Taza rota” le dice «No tiembles, yo también te quiero» y al “Caracol”: «haz lo que quieras, vete o entra. Adiós; / quizá pase mañana por tu casa».
   Este fenómeno constituye, estoy convencido de ello, la lectura personal que hace Luis Feria de la disgregación y de la crisis profunda del yo romántico en el siglo XX, así como su afirmación de la esencial otredad desde la que se funda y constituye el yo lírico contemporáneo. Esta subjetividad disgregada y otra confirma su condición de poeta enteramente de su siglo, pues arranca de la encrucijada filosófica que le caracteriza y desde ahí avanza por donde no hay camino trazado, de un modo absolutamente innovador, hasta ofrecer una respuesta poética que lo identifica y singulariza entre todos los poetas realmente de esta época. Entre este subjetivismo contemporáneo y aquella “vida breve”, se alza la característica que determina la calidad literaria de los libros que aquí se comentan: la prodigiosa imaginación verbal con que están escritos. No me parece este el lugar oportuno para realizar un levantamiento riguroso de recursos literarios o «manipulaciones», como los denominan con acierto tanto Miguel Martinón como Jorge Rodríguez Padrón; sin embargo, no quiero dejar de subrayar algunos.
Los más importante proceden de la retórica del diálogo, como:
*Las aposiciones apelativas, a veces acumulativas, de fuerte impregnación metafórica: “Charco”, por ejemplo, merecer nada menos que 4 aposiciones: «Clara piel, breve adiós, / manso amor, niño vareado»... Este es el recurso más utilizado en el ciclo y una fuente inagotable de connotaciones, sugerencias, matices e ironía.
*Las preguntas e interpelaciones directas, en “Caracol”, por ejemplo, se lee, junto a una aposición doble: «¿Y qué hago contigo, casa lenta, / tren de nunca llegar?»
*Las constantes alteraciones de tono, entre el enunciativo, el desiderativo y el exhortativo. Sobre todo, estos dos últimos.
La creatividad léxica, por otra parte, es, en Luis Feria, una labor incansable y de una imaginación que le emparienta con los mayores creadores de lenguaje del Barroco, Góngora y Quevedo. Veamos sólo algunos casos:
*El poema “Grillo” es, por ejemplo, un prodigio de invención lingüística, como esta trimembración asombrosa: “me asolea, me invisibla y me asonambula”, que se completa, versos abajo, con “me enrisueñas” y “me atenoras”, y se cierra con un verbo onomatopéyico absolutamente genial: “Cricría”, segunda persona del singular de presente de imperativo del verbo “Cricriar”, de la primera conjugación.
*Las alteraciones morfológicas están a la orden del poema. Algunas son aciertos inmensos, como el sustantivo que se conjuga como el adjetivo en el que se convierte “tu saya dominga”, o el sustantivo que se transforma en adverbio: “vayamos por la vida coleópteramente”.
*La derivación es un campo sin lindes para la imaginación de Feria, como “vistosón” o “suavona”.
*La composición es impecable como en el término “vuelcajarras”.
*El uso de arcaísmos con marcado sabor literario es un recurso especialmente significativo, como “sospira”, mencionado antes, “un su amigo” o versos de aire cervantino como estos: “La berza me entretiene / las ganas, no la andorga”.
*El uso paródico de citas y referencias literarias es frecuente, sobre todo en Casa común. En “Almohada”, por ejemplo, el poema acaba así: «con qué rabia me muerdes el cogote. / Detente, forastera, basta ya. / Muero porque no muero...” y en otro texto se encuentra esta lúdica comparación «araña: afanosa / más que la vaquera de la Finoxosa».
*La calificación es siempre brillante, imprevista y con un efecto semántico multiplicador que no deja de asombrarnos. Pongo un ejemplo: «Vaya carnestolendas; / la lengua meretriz, la boca querendona, / el hocico oliscante, el buche hambrío».
*Y ya para cerrar esta sucinta enumeración, que podía seguir por todos los vericuetos de la retórica, quiero destacar el delicioso portuguesismo: «cuitadiño» del poema “Gorrión”.
En suma, un absoluto derroche de imaginación verbal, una fiesta lingüística, siempre significativa y pertinente, evocadora y connotativa, sensual, desinhibida, pletórica, jubilosa y casi delirante. El lector imagina con facilidad cuánto disfrutó Feria escribiendo los poemas de Salutaciones y Casa común y con qué generosidad brinda ese gozo a quien se acerque a ellos, como nos hemos acercado nosotros esta tarde para corroborar la hipótesis fundamental que ha desencadenado todo nuestro pensamiento y disfrute, a saber: que Luis Feria es un poeta central en el seno de la poesía contemporánea escrita en lengua española durante la segunda mitad del siglo XX.


Quimera nº 205 y 206, julio-agosto y septiembre de 2001

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