El balcón de enfrente

martes, 27 de junio de 2017

Una mística contemporánea. «Cuaderno de Chihuahua», de Jeannette L. Clariond


El Cuaderno de Chihuahua (FCE, México, 2013), de Jeannette L. Clariond, puede parecer, en una lectura superficial, un texto memorialista. Pero no lo es. Parece una crónica familiar. En absoluto creo que lo sea. No es biografía, o esa biografía al uso que se ordena alrededor del aturdimiento del tiempo. No hay datos, no hay concreciones, no hay fechas. No hay ningún ruido. El Cuaderno de Chihuahua, tal como diversas páginas lo sugieren, es un libro sobre el silencio: «Es equilibrio, centro, silencio originario que oye los pasos hacia un corazón que pide ser restaurado desde esa primera vez» (pág. 77). El Silencio —acaso sea mejor singularizarlo mediante una mayúscula— se presenta como la materia en la que se ha sedimentado la vida al pasar por el cauce del tiempo e irse. Después de irse. Ese silencio: el grano que queda en el cedazo luego que la brisa se haya llevado volando los fragmentos de la paja, es decir, el tiempo monocorde. Silencio como experiencia interior. No se trata de una biografía exterior, con datos, fechas e historia, sino de imágenes que han quedado grabadas con los ácidos del sentir —del dolor y de la alegría—, bajo el tórculo del tiempo, sobre el papel del alma: «El silencio se había aposentado en mí, mi lengua temblaba al pronunciar el lenguaje del dolor» (pág. 55). 
    Si el Cuaderno de Chihuahua hubiera mantenido solo el propósito de reconstruir la biografía interior ya sería un libro de estirpe poética, puesto que comparte la intención primordial con la poesía; pero además es también un gran libro de poemas que aparecen engastados en el fluir de la prosa, como si la sutilidad de ciertos recuerdos solo fuera posible en el universo elíptico del verso. 
    Conforme avanza la reflexión sobre el silencio que acendra la biografía interior, el Cuaderno de Chihuahua transforma paulatinamente su propósito inicial. En la página 77 se lee: «Más que árbol la lengua es raíz, gen que te muestra el camino hacia la casa». Antes de esta frase la autora había puesto en práctica el carácter radical de la lengua, su condición de raíz germinadora de lo real («No creo en la realidad, sí en cambio en lo real», lúcida observación de Jeannette L. Clariond, pág. 108). Pero a partir de esta frase el libro toma una dirección diferente. La actividad radical de la lengua emprende un camino, y el camino conduce a la «casa», es decir, la biografía interior y el silencio de las imágenes construyen. Y lo que construyen es el espacio del ser. O quizá mejor, los espacios. Lengua y vivencia crean en la realidad lo real, y esa creación es una construcción, un espacio. Un espacio que existe en la realidad porque existe en lo real, que emana desde el interior. Y concluye el libro —tras una serie de acertadas reflexiones sobre esta construcción («entendí que Chihuahua no era solo mi tierra natal, sino… un intento de construir una manera propia de sentir» pág. 106.)— formulando el lema que ampara al Cuaderno de Chihuahua, a su autora y a los lectores, que con ella también se encuentran a ellos mismos —el maravilloso misterio de la literatura—: «El paisaje nos define. El paisaje exterior es un reflejo de nuestra alma…» La construcción de un paisaje desde el interior, esta es la gran enseñanza del Cuaderno de Chihuahua: «Somos la tierra que soñamos». 
    Estas afirmaciones dialogan con el sentido más hondo del ser humano. Las civilizaciones antiguas no distinguían ente espacio y tiempo. Era un único concepto y una única experiencia. Pero desde que se empezó a discriminar espacio y tiempo, este se convirtió en un tema universal y el espacio quedó relegado a un mero recurso, una circunstancia. La mención al tiempo es un tema, y un paisaje es una descripción. No existen temas vinculados con el espacio. La concepción del lugar es siempre secundaria en relación al ser. Los argumentos del Cuaderno de Chihuahua resultan reveladores de una manera de comprender al ser humano que busca rehuir su sometimiento metafísico a la temporalidad. El libro habla del espacio no como un conjunto de recursos, como una decoración, sino desde la condición del ser. Desde donde nacen los temas. Es más: el libro desarrolla el que solo puede ser denominado tema del lugar. Del paisaje. El espacio entendido como la manera de comprender el sentido de la existencia. El Cuaderno de Chihuahua, desde la intuición inicial del silencio («un silencio que, con el tiempo, vi crecer en percepción e intuición») hasta el final (la convicción lúcida y visionaria de que «El paisaje no es exterior») es la concreción de un tema que no existía cuando el libro empezó a ser escrito. Y que aún carece de nombre pese a la necesidad artística de desbancar el excesivo predominio de la temporalidad, bien restituyendo el binomio esencial espacio-tiempo, bien, como hace Jeannette L. Clariond, soñando una metafísica —poética— del espacio. 
    Con ser importante esta voluntad de comprensión del ser a través de sus espacios, no agota sin embargo la pretensión última que se advierte en el Cuaderno de Chihuahua. En cierto momento se afirma en sus páginas que el proceso de búsqueda de uno mismo es un acto de religiosidad, que no de religión. Y a continuación se diferencia una de otra: «La religiosidad es movimiento del alma; la religión es el refugio donde el alma cobija su temor» (pág. 60-61). De hecho, el Cuaderno de Chihuahua es un proceso de búsqueda no solo de sí misma, sino también del estadio interior en el que la experiencia se purifica —pierde la contingencia temporal y se acendra en el espacio—. Un proceso que es, como «movimiento del alma», un acto de religiosidad. En este punto se puede introducir un concepto que entronca el libro con la tradición a la que merece pertenecer: el misticismo. 
    Una mística desvinculada de la religión, donde el camino anhela lo sagrado. Una mística, por el contrario, relacionada con la religiosidad, cuyo camino de trascendencia es reflexivo: parte de uno mismo para llegar a uno mismo. Se inicia en la vida temporal para llegar —en este punto la autora proporciona un término esencial— al Silencio como expresión purificada de la vida. Y no se trata de una mística en lenguaje figurado, el Cuaderno de Chihuahua es una propuesta de mística contemporánea, en la que los elementos que constituyen el estar en la existencia —sujeto, circunstancia, espacio y tiempo— se combinan de una manera diferente en el ser, en su esencialidad. No es, sin embargo, una mística filosófica, sino poética. Por eso el libro no habla de ideas ni de conceptos, sino de hechos concretos (los abuelos, la madre, el tío, los años del internado…). Todo ello no forma parte de la combinación biográfica dominada por los conceptos de tiempo y circunstancia, sino de una combinación mística, interior, trascendida, de sujeto y espacio. Las cosas concretas de las que habla el Cuaderno de Chihuahua se sitúan en el polo opuesto de la mera crónica: construyen una identidad rescatada desde el propio interior de esta identidad.

[Inédito]

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