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El balcón de enfrente

jueves, 3 de abril de 2014

EL NIÑO QUE BUSCA UNA SERPENTINA EXTRAVIADA. «Los extraños», de Vicente Valero


Vicente Valero (1963) presenta en Barcelona Los extraños (Periférica, Cáceres, 2014). Lee fragmentos de cada una de las partes del volumen. Su voz modula las frases con precisión. Las frases van zigzagueando por la sala como una serpentina animada por un niño solitario en una fiesta. No otro es el papel que se otorga a sí mismo quien ha trazado las ondulaciones de la sintaxis que construye el relato. El arte de leer prosa no es un aspecto baladí. O no es nada, y resulta un agobio, o se convierte en tono que arrastra y sume, como la música, en un estado de comprensión e incomprensión simultánea que gratifica. Este es el caso de la lectura de Vicente Valero. La voz y la sintaxis sumergen en su líquido las aristas del tiempo. 
 Hay diversos aspectos interesantes en este libro, previos incluso a la lectura. El primero es el título. Acierta a dar nombre a un concepto que, existiendo en todas las familias, carecía de él. Rubén Darío acuñó el término «los raros» para aquellos escritores que se extraviaban del relato central de la historia literaria. Ahora Valero certifica como «extraños» a aquellos que, siempre ausentes de las reuniones familiares, levantan con sus vidas, ajenas a las convenciones de cada lugar, una incógnita entre la parentela. Cada familia cuenta con algún miembro que rodea de extrañeza su evocación. 
 El segundo es la cuestión del género. El editor y los periódicos lo presentan como una novela. El autor, más pudoroso, habla de cuatro relatos relacionados. Son cuatro historias, cuatro biografías. Pero la literatura no se caracteriza por los materiales exógenos que contiene —como la mala crítica a veces cree—, sino que es, solo y fundamentalmente, la manera de presentarlos, organizarlos y modelarlos. Y estas cuatro narraciones poseen una poderosa razón literaria para ser una novela: la existencia de un único narrador del que dependen tres aspectos esenciales. Primero, y menos significativo, la clave familiar del conjunto —incluso en varios casos se valora el parecido de los extraños, mayor o menor, con él—. Segundo, su condición de depositario último de los escasos vestigios que las cuatro vidas narradas han legado al tiempo. Esta condición cobra un mayor relieve que el valor material de lo recibido. Junto a los objetos o propiedades que han ido, por casualidad o por herencia, a parar a sus manos llega la responsabilidad de la memoria. La conciencia que tiene el narrador de que la historia que cuenta solo podría contarla él o se perdería en la trama infinita de las vidas. Ese ha sido su legado y el libro es la obligación implícita en él. Y tercero, y más importante por tratarse de un elemento ya estrictamente literario, la prosa envolvente y sinuosa que narra las cuatro historias. Es este un caso paradigmático de sintaxis elevada a trama. La prosa logra construir una superestructura que neutraliza las diferencias biográficas, circunstanciales y temporales de las cuatro historias narradas para otorgar a las cuatro una misma y única unidad de lectura. Los cuatro extraños familiares forman el asunto de esta novela, pero su tema es la memoria del narrador que los persigue en la niebla del tiempo que todo lo hace desaparecer. 
 En el coloquio con el público Vicente Valero defiende que cualquier biografía, por minúscula que sea, muestra siempre un fondo de ambición y fracaso que deslumbra. No voy a decir que no tenga razón, pero a la luz del libro que él mismo ha escrito, creo que la formulación de esta idea es inexacta. Cualquier minúscula biografía, en la escritura de un poeta, es capaz de entroncar con los más altos y feraces temas literarios. No me imagino, ni necesito hacerlo, por supuesto, estas cuatro vidas en la caligrafía chata de tantos escritores contemporáneos que no consiguen a veces superar lo anecdótico ni siquiera en vidas imaginadas. Vicente Valero es capaz de transformar cada una de las historias que narra en emblemas de sendos temas literarios de extraordinario vigor. El joven militar enfermo en África, en la base aérea dirigida por Antoine de Saint-Exupéry, ilustra sobre la futilidad del destino. El anciano ajedrecista que busca su única y desconocida familia para morir resulta un emocionante poema sobre la soledad. El bailarín que escribe a la familia recluida en los pocos kilómetros cuadrados de una isla mediterránea postales selladas en todos los países exóticos por donde pasa muestra las dimensiones del teatro de la vida. Y el militar idealista y vegetariano que perdió una guerra y un exilio, es al cabo, tal vez, la metáfora más devastadora de las ilusiones. Esta conversión de «los extraños» familiares en emblemas temáticos es el aspecto más relevante de esta novela, llena de matices y observaciones minúsculas sobre la vida que desembocan en los grandes temas del pensamiento y de la experiencia humana: el destino, la soledad, el paso del tiempo y con él la muerte de las ilusiones. Y el paso de unos —los matices— a otros —los temas— no es nunca una obviedad, sino el fruto de una lenta destilación literaria. 
 Los aplausos finales del acto cierran la lectura de Los extraños en Barcelona. Algunas personas se acercan con el volumen. El autor los firma. Solicitar la firma en un libro es un rito coherente con su escritura. Se nutre de una esperanza compartida, la de que las palabras al final nos salven. O al menos salven entre sus páginas alguna mínima esquirla de lo que fue vivir.










Vicente Valero en Barcelona


[Inédito]

1 comentario:

  1. No sabía que estabas en la presentación; me hubiera encantado saludarte.
    En fin, en otra ocasión será.
    Magnífico texto, por otra parte.

    Saludos

    J.S. de Montfort

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