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El balcón de enfrente

domingo, 5 de mayo de 2013

EFECTOS DE UNA COLISIÓN. «Masa crítica», de Francisco Alba, en Vaso Roto, 2013




En los albores del siglo XX la técnica artística del collage —que cumple 101 años— respondía a la necesidad vanguardista de capturar la heterogeneidad de la experiencia. Junto a la pintura, otras artes exploraron sus posibilidades. En música, Charles Ives (1874-1954) logró que sonaran en una misma partitura sonidos cultos y melodías populares, no fundidas, sino confundidas, es decir, yuxtapuestas. Y este es un precedente que conviene recordar ante la lectura de Masa crítica; como en Ives, los versos mezclan sus referentes: «Despedirán de Iberia a San Juan de la Cruz». También la literatura ha desarrollado la técnica del collage, sobre todo para explorar, vinculadas, la ruptura de la sintaxis y la descripción del dinamismo urbano propio de una época con anhelo de rupturas.
            Experto en restauración de formas decrépitas, tal como había demostrado en un espléndido libro anterior, El contrario (2008), Francisco Alba (1967) rescata ahora, en el mercado de las pulgas de la tradición, el collage, de una manera explícita en la sección V del libro («…queremos ser tu banco Fabio las esperanzas cortesana prisiones son…»), e implícita en un modo sincopado de escritura y, sobre todo, como emblema temático del libro. Este proceso de revitalización pasa, en Alba, por alejarse de la forma habitual del collage. En primer término desvincula su heterogeneidad técnica de la sintaxis, que no altera de manera significativa, y la sitúa en un peldaño superior, en la concepción del poema. En segundo lugar, relaciona el collage con otra composición en decadencia, el monólogo dramático, de modo que una a otra se restauren mutuamente. Y en última instancia lo aparta de su poder visionario sobre la vida cotidiana y la ciudad, y lo emplaza en un ámbito más genérico, la civilización: «¿De verdad ha ocurrido el siglo XX?».
            Collage y monólogo dramático resultan herramientas ideales para interpretar el tema central del libro, la colisión frontal que en los inicios del siglo XXI se produce entre la alta cultura y la gran devastación que supone la pérdida de una cultura popular. En un ejemplo de la música, el siglo XX indagó en la fusión de sonido cultos y populares, pero desaparecidos estos, quedan solo aquellos y el vacío: «¿Recitarás a Wordsworth / en tu excursión al centro comercial?», o, en el ámbito de la ideación culta y no solo de los nombres, «Impresiona la luna cazadora furtiva, / patrona de los jóvenes sin domicilio fijo». Contribuyen a potenciar los efectos estremecedores de este choque entre tradición y vacío la yuxtaposición de frases con resolución gnómica, el revoltijo de referentes culturales y de referencias al presente, la elipsis de las circunstancias de la voz que habla en cada poema y, en general, un ritmo sincopado —acaso jazzístico, no en vano el primer poema habla de un pianista (¿los poetas?) que es secuestrado para «tocar las canciones más sentimentales» por «miles de dólares» en la «fiesta» de los mafiosos—.
            Esta estética deformadora del collage recuerda la de los espejos del callejón del Gato. También Francisco Alba, a la manera valleinclanesca, apela a ella para acercarse a lo real: «pero a mí que no soy mala persona / la realidad / me parece una farsa». Su sátira e ironía en muchos casos prenden en los referentes culturales, pero a diferencia del culturalismo de los setenta —otra forma poética que recicla—,  Alba no los utiliza para huir del presente, sino para detectar con lucidez sus fallas: «En la rutina del trabajo / nos hacemos de piedra». 

Quimera, mayo 2013

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