El balcón de enfrente

martes, 15 de noviembre de 2016

La ventana del gabinete de disección. Eduardo Moga, crítico literario


Eduardo Moga, La disección de la rosa
Editora Regional de Extremadura, Mérida, 2015

La crítica fue el invento literario del siglo XX. Época que no solo dio amparo al desarrollo de las grandes corrientes del pensamiento analítico —la crítica simbólica, la sociológica, la formalista, la estructuralista, la posmoderna…—, o favoreció que desde la exégesis literaria emergiera su filosofía más emblemática —singularmente Walter Benjamin, pero también otros filósofos pensaron desde la literatura, como Martin Heidegger—, sino también situó la crítica en el centro de la vida literaria. Florecieron las revistas, los periódicos le dedicaron suplementos y los críticos adquirieron un renombre e influencia capaz de despertar o apagar intereses. Y por encima de ello, mereció el encomio que Eduardo Moga (1962) señala como aspiración: «El mayor elogio que puede hacerse de una obra de crítica literaria es que sea ella misma una obra literaria» (pág. 121). Las postrimerías del siglo XX y lo que se lleva andado del actual han presenciado el desmoronamiento de los sistemas críticos, la desaparición de revistas, la conversión de la crítica periodística en propaganda editorial y la incapacidad de los reseñistas para aportar ideas en la discusión literaria. A Eduardo Moga le ha tocado ejercer de crítico en periodo de resaca, pero esta decadencia no ha logrado mermar su vocación. La disección de la rosa es, en primer lugar, una reivindicación orgullosa de un oficio y de su tradición. Es la convicción, a contracorriente de los hábitos publicitarios del presente, de que la crítica continúa siendo una pieza esencial en el debate de las ideas literarias. Y de que estas, claro, existen. 
    Este es el tercer volumen que recoge la prosa ensayística de Eduardo Moga. Le preceden De asuntos literarios (2004) y Lecturas nómadas (2007) y se anuncia un cuarto dedicado a autores hispanoamericanos. En su conjunto reúnen dos décadas de trabajo crítico, en las que se percibe también una evolución. Sus escritos iniciales recorrían con mayor insistencia al análisis estructural, a las convenciones filológicas y, en general, al examen de las texturas verbales. Los artículos que componen La disección de la rosa a veces prefieren, para definir el arte literario de un escritor, el fulgor de la comparación o incluso de la imagen connotativa. Así, de Jesús Aguado constata que «apenas ha dejado metros, rimas, estrofas, registros, estilos o asuntos sin tocar: en todos se mueve con la familiaridad de un piloto de cabotaje por las sinuosidades de la costa» (pág. 19). O habla del «tenebrismo polícromo de la poesía de Gamoneda, su náusea enardecida» (pág. 146). La función de este desvío del lenguaje ortodoxo en el dictamen analítico, que cobra cada vez mayor importancia en la crónica de sus lecturas, proporciona la segunda característica del volumen: el camino de regreso que emprende el crítico desde una concepción ultracientífica de su oficio (formalismo, estructuralismo, deconstrucción…) hacia terrenos más habitables para la lectura, en los que la connotación funcione como un posible ámbito de complicidad entre autor y lector. Una ventana por la que el paisaje de la literatura entra en el laboratorio del diseccionador. 
    Fruto de esta mayor comodidad con la que afronta cada opinión —para la que la exhaustividad del análisis forja la compresión, pero no centra el discurso— es la irrupción de la memoria personal. Una revisión de Álvaro Cunqueiro empieza de este sorprendente modo: «A mi padre le gustaban los exfalangistas gordos» (pág. 105). Y en la segunda ocasión en la que empieza también recurriendo a la memoria paterna, en el artículo sobre Ana María Martínez Sagi, lo justifica de una manera brillante: «Como nuestras ideas adultas provienen, en gran medida, si no completamente, de lo que se nos haya inculcado en la infancia, aunque sean ideas que combatamos, he conservado siempre aquella fascinación infantil por el libro de ocasión» (pág. 265). Tercera característica: como resulta vano ocultar el factor subjetivo en la comprensión crítica; mejor será, pues, hacerlo visible. Sugerir al lector ideas sobre lo que ha leído o va a leer algún día desde el mismo sofá en el que este se encuentra leyendo. Ni púlpitos, ni tarimas: inmediatez y complicidad. El efecto de esta propuesta resulta evidente: pese a su carácter misceláneo el libro se puede leer linealmente porque la tensión lectora no está en el objeto tratado (autores con los que se puede estar más o menos familiarizado o interesado), sino en el lenguaje y en la imaginación verbal implicados en el análisis. Antes se parece a unas memorias literarias que a un volumen de consulta académica. 
    Y cumple, al fin, Eduardo Moga con la función primordial del crítico literario —obvia en el pasado, pero cada vez más rara en un presente de fragmentación y ensimismamiento de la opinión—, que es ensanchar el panorama literario de una lengua. Labor que realiza con empeño y en los sentidos posibles de una tradición en marcha: en el generacional —analiza autores de todas las generaciones literarias—; en el estético —atiende a una diversidad de opciones, aunque eso no impida el rechazo de otras («un término como “experiencia”, tan definitorio del funesto figurativismo español de fin de siglo», pág. 75); a veces se advierte una sintonía estética con el autor comentado, pero en otras no oculta el empeño de pensar y valorar una obra con la que a priori no muestra afinidad; y también en el ámbito del prestigio —revisando escritores reconocidos y otros de trayectoria incipiente. Y este enriquecimiento de las ideas literarias que Eduardo Moga lleva a cabo en La disección de la rosa es otra explícita reivindicación de un oficio antiguo, incómodo a veces, generoso —con el desprendimiento que implica utilizar la inteligencia propia para explicar las convicciones del otro—, que se encuentra en peligro de trivialización.

Turia nº 119. 2016

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