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El balcón de enfrente

sábado, 20 de junio de 2015

Presentación de «Alma en las palabras» y «Antología poética del suicidio» de Toni Montesinos


Lo que celebramos hoy, en este acto, tiene una dimensión singular. En la vida de un escritor sus libros pueden haberse sucedido con mayor o menor frecuencia, pero solo en una ocasión lo que se publica es el retrato y el relato completo de una obra. Y este es el caso especial que nos reúne aquí. Lo que celebramos hoy es la aparición de la «Poesía reunida» de Toni Montesinos. Y lo primero que nos sorprende es que la poesía completa de Toni Montesinos, y de ahí su singularidad, no ocupa un volumen, sino dos. Dos libros distintos, con dos editores diferentes, aunque curiosamente impresos en la misma ciudad, en Sevilla. Que la obra completa sea la suma de dos libros diferentes no es lo habitual. Las poesías completas de un autor son, por definición, el libro que reúne todos los poemas que ha escrito un  autor. Pues bien, las poesías completas de Toni Montesinos son dos libros. Uno con todos los libros publicados por Toni Montesinos y otro con los otros poemas escritos por Toni Montesinos, aunque no firmados por él. Parece un galimatías, pero es una realidad. Aquí los tienen. Alma en las palabras (Renacimiento, Sevilla, 2015) y Antología poética del suicidio (Ultramarina, Sevilla, 2015). Dos libros.  Una doble publicación para un único propósito que escenifica muy bien una de las condiciones de la poesía contemporánea. Yo diría más, de la poesía moderna. Y es que la obra poética de un poeta nunca suma uno. Siempre suma uno y pico. Y aquí lo tienen. Uno: Alma en las palabras, suponiendo que sume uno. Y pico: Antología poética del suicidio, los poemas apócrifos de Toni Montesinos. Un poeta es quien es él y quien ha imaginado ser. Y esa suma, que nunca puede dar uno, le caracteriza como autor contemporáneo, quiero decir, moderno.
     Las obras poéticas que merecen ser leídas dialogan siempre con la tradición en la que se insertan. No es un diálogo que escuchemos con frecuencia, porque a quienes hablan de libros cada vez les ofrecen menos espacio para escribir, y en 300 ó 400 palabras es difícil no ya hablar de la tradición, sino de cualquier libro que tenga una mínima complejidad. Pero hoy tenemos tiempo y van a permitirme que especule sobre el diálogo que la obra de Toni establece con la tradición poética tal como lo imagino.
      Desde el Barroco, donde posiblemente empiece nuestra manera de vivir, ningún poeta ya suma uno. En el Renacimiento sí. En el Renacimiento los poetas eran la exaltación del uno: Garcilaso, Fray Luis, San Juan, Santa Teresa… Su obra siempre suma uno. En el Barroco, sin embargo, apenas unas décadas más tarde, ya nadie logra sumar uno en su escritura. Vayan, para comprobarlo, a Wikipedia, lean la definición estilística de Góngora y a continuación cualquiera de sus letrillas o de sus sonetos. No se parecen en nada, porque Góngora no era uno, sino tres. Lean los poemas de amor de Quevedo y sus letras satíricas y díganme si hay amante más entregado y misógino al mismo tiempo. Y etcétera.
      En el siglo XVIII, por seguir el curso temporal, rara vez un poeta alcanzó a ser uno, casi siempre se quedó en un cuarto, en medio o en tres cuartos de poeta. Y aun así ni siquiera Juan Meléndez Valdés pudo evitar sumar en su seno dos poetas de universos opuestos. Pero prescindamos de estos detalles porque nos aguarda el siglo XIX y la explosión del Romanticismo. Y la obra de Toni Montesinos establece con el Romanticismo el primer diálogo directo con su tradición. Comprobémoslo rápidamente. El título de la obra completa que suma uno es «Alma en las palabras». Y el título de la obra poética que suma el pico es «Antología poética del suicidio».  Ambos de una inequívoca raíz romántica.
    El Romanticismo fue la expresión más exaltada de la poética que solo suma uno. De las palabras que tienen una única alma. O para decirlo con una exactitud que dé amparo a los dos títulos.  El Romanticismo fue la expresión más exaltada de la poética que, o bien suma uno, o bien suma cero. Si el alma era la aspiración, el suicidio fue la realidad del siglo romántico.
      Pero desde el Barroco sabemos que la poesía, por más que se empeñe, no logra nunca sumar uno. Y la gran exaltación del Uno que fue el Romanticismo cobijó en su seno la definitiva disolución del yo lírico único. Fueron los románticos los primeros que entregaron al Otro la unicidad del yo. Fisura de entonces que ha provocado en el siglo XX la más fértil tradición contemporánea, la poesía de la otredad. Los heterónimos pessoanos, los apócrifos de Machado, los correlatos objetivos de Eliot, el objetivismo vanguardista o la ciudad de hombre de Fonollosa entrelazan una densa tradición de poéticas que no consiguen cuadrar la obra en uno. Tradición a la que se incorpora de dos maneras diferentes Toni Montesinos. Primero, como poeta-otro en alguno de sus libros, y segundo, como autor de la antología de suicidas apócrifos. Pero antes de llegar a este punto hay que regresar al Romanticismo.
   Desde el Barroco, habíamos sugerido antes, la contradicción anida en el seno de cualquier poética. Desde el Barroco el conflicto de identidad es el epicentro de la escritura. La Romántica estableció su conflicto de manera diáfana: la aspiración a un yo único y el desvanecimiento de ese mismo yo al disgregarse. Y aquí, por fin, podemos empezar a entender la obra de Toni Montesinos como un diálogo con la tradición romántica.
      La obra de Toni Montesinos, a diferencia de los poetas Románticos, emerge desde un yo con una clara conciencia de su disgregación. Toni Montesinos es consciente de su desarticulación como poeta único cuando ya desde el principio atribuye una buena parte de lo que ha escrito a los poetas suicidas que antologa ahora el volumen publicado por Ultramarina. Son poemas de un yo que asume una condición lírica-otra, la de un poeta suicida. Son poemas, por lo tanto, de un yo disgregado en otros.
      Pero también es un poeta con una clara conciencia de su disgregación cuando escribe la obra que firma con su nombre. Es una disolución paulatina. En Atlas de la Memoria (publicado en Caracas en 1998) asoma en dos poemas que denomina «Reconstrucciones». Escritos ambos el día de sendas muertes, en uno Antonio Machado evoca en 1939, en Colliure, la pérdida de su esposa Leonor, y en el otro de Mariano José de Larra traza la senda que le conduce al suicidio. En este caso no son poetas apócrifos, como los de la antología suicida, sino poemas apócrifos. Un yo que se encarna en la biografía de un yo-otro, el de Machado o el de Larra, para hablar desde esa vida-otra del yo que escribe. O dicho de una manera más sencilla: para expresar su propia angustia Toni Montesinos encarna la biografía de otro yo desde el cual escribe los poemas propios. Es, como ustedes pueden comprobar, el primer paso en la disolución de la unicidad del poeta.
     Apela a la capacidad que tienen las vidas para generar texto incesantemente, también mucho tiempo después de haber sido vividas. Aunque esta idea la expresa mejor un verso de Atlas de la Memoria:
«Yo creo que su luz no era luz, sino palabras.»
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     El segundo paso lo dan los libros siguientes: Labor de melancoholismo (publicado en el año 2000 aunque escrito seis años antes) y  La ciudad gris (publicado en 2001 y reeditado diez años después).
     Ambos están escritos desde la biografía del poeta —uno desde el sentimiento despersonalizado del amor, otro desde la experiencia de Dublín—, pero en los dos recurre a un procedimiento formal de distancia que se sitúa con claridad entre los que asumen la otredad del sujeto lírico (heterónimos, apócrifos, correlatos…) y que consiste en desarrollar como propio un estilo poético ajeno. No se trata de una influencia, porque es una actitud consciente, es una opción literaria, casi programática, ni tampoco se trata de un pastiche, porque no recrea el mundo del estilo asumido, solo sus recursos formales. José María Fonollosa en el primer libro y Jorge Guillén en el segundo le prestan a Toni Montesinos una mirada estilística con la que empezar a comprenderse. (Gil de Biedma quiso hacer algo similar en su poema «Las afueras», que tiene por ello una interesante afinidad con  La ciudad gris). No siempre se ha entendido este recurso, que forma parte de los gestos de la modernidad que buscan desmitificarla. En este caso el poeta que toma la decisión de adoptar el estilo de otro para construir su mundo salta por encima de mitos que parecen casi axiomas, como el de la originalidad absoluta del artista o el de la imperiosa necesidad de ruptura para que una obra tenga valor. Al contrario de estos tópicos de la modernidad, Toni Montesinos propuso en esos dos libros iniciales una vía de otredad que refuerza la consistencia, la fe, en la poesía como fruto de un paso, o de un vuelo, en una tradición. Aunque esta idea prefiero expresarla con dos versos de  La ciudad gris:
«Como si una gaviota volara / sin desterrarse nunca».
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      La muerte escondida (escrito a finales de los años 90 y publicado en 2004) marca un antes y un después en la obra de Toni Montesinos. Es un libro extraordinario cuya edición no había acompañado hasta ahora su importancia. Y no quiero seguir adelante sin decir que uno de los valores de esta Poesía reunida que hoy presentamos es precisamente la reedición de este libro capital: La muerte escondida.
       Que es un antes y un después lo dice el propio poeta, que reitera en los primeros poemas la idea de inflexión, más, de transformación. Así leemos frases que se refieren a «un alma distinta / al ayer», «una vida… distinta al ayer» o «al otro yo de antes». Casi un renacimiento, una vivificación, emerge en este libro central. Y esta súbita consciencia de renovación, que aparece paradójicamente cuando se asume el pasado, va acompañada de un léxico que no ofrece ninguna duda sobre su propósito: «alma», «vida», «yo». A partir de este libro, toda la obra de Toni Montesinos se regirá por estos tres conceptos: «alma», «vida», «yo». Es decir, no el poeta-otro-poeta o el poeta-otro-estilo, sino el poeta-él-mismo. La poesía será lo que traduce al lenguaje una vida (La muerte escondida da el primer impulso al reconocer el pasado personal —la muerte de la madre en plena adolescencia—, como el germen esencial de su poética y, tan importante como eso, de su estilo personal de encarar el poema—, o la poesía será lo que traduce el sufrimiento (Sin, publicado en 2010, que es libro más desolado que he leído nunca y el grito de mayor desgarro por la pérdida del amor que conduce a la completa desaparición del ser). O la poesía será lo que traduce, también, finalmente y felizmente, el gozo (tan presente en la segunda parte del Diario del poeta isleño (2013), titulada «La Isla de la vida: una mujer», isla que reúne sus dos islas biográficamente redentoras, la «isla del encanto», Puerto Rico, y la «isla de Hielo», Islandia.
      Esta segunda parte de la poesía reunida, estos tres libros: La muerte escondida, Sin y Diario del poeta isleño defienden la idea de poesía que trasluce el título: «Alma en las palabras». Es decir, la reivindicación del poeta uno: una poesía que desvela y revela la verdad de una vida. Su alma. Aquel propósito romántico, ¿recuerdan?
      Para llegar a este punto, que me parece esencial en la propuesta poética de Toni Montesinos, hemos dado una extensa vuelta. Recordemos de dónde venimos. No hay una obra moderna que no crezca sobre un conflicto de identidad. Los románticos clamaron un yo único y descubrieron al mismo tiempo las fisuras del yo. Este era su conflicto. El conflicto de identidad del yo poético de Toni Montesinos, no sé si ya lo están intuyendo, es exactamente el opuesto al romántico. Toni clamó por un yo-otro, un yo apócrifo, un yo de estilo ajeno al yo, y fue precisamente ese camino de disgregación y de despersonalización el que le condujo a una poesía del alma, una poesía del yo herido o encantado. Del yo que de verdad siente lo que escribe que siente, por decirlo con una paráfrasis pessoana. Un yo-uno. Único. Lírico, en el sentido casi Renacentista, garcilasista incluso, de la palabra. Y ese conflicto entre despersonalización y personalidad es el que otorga a la obra de Toni Montesinos profundidad y singularidad. Pero esta idea de simbiosis entre lo exocéntrico y lo endocéntrico quien mejor lo ha expresado, claro, ha sido el poeta en dos versos donde suenan la dispersión y la unicidad al mismo tiempo:
«La tierra gira y gira y los novios son
Dos contrabajos sonando en un mismo compás.»
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[Inédito]

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