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El balcón de enfrente

sábado, 2 de mayo de 2015

SABIDURÍA RURAL. «La gratitud», de Fermín Herrero


LA GRATITUD, de Fermín Herrero 
Visor, Madrid, 2014

En solitario —y también en silencio, pese a los premios literarios que le han permitido ir publicando una docena de libros—, Fermín Herrero (1963) ha consolidado una obra siguiendo el camino inverso que a partir de Baudelaire ha tomado la tradición poética, que desde locus amoenus se empeña en viajar hacia el sonantis locus (o lugar ruidoso) de la ciudad. El título del libro que le dio a conocer era ya un lema y una declaración de intenciones: Echarse al monte (1997). Su destino sin embargo no perseguía instalarse en la idealidad de la naturaleza (propósito bastante urbano, por cierto), sino seguir más allá, hacia —quizá— su opuesto, la vida rural. Y en concreto, la vida en los pueblos medio abandonados de Castilla, como aquel en el que nació, Ausejo de la Sierra.
   En estos veinte años de escritura, que se cumplen con la edición de La gratitud, la poesía de Fermín Herrero ha abandonado por el camino los títulos de los poemas (que solía colocar al final), el número de versos (hasta dejarlos en diez, convertidos casi en estrofa propia desde 2006) y, sobre todo, la crítica a la ciudad y al entramado cosmopolita de la modernidad. A cambio, sus versos han ganado en austeridad y en profundidad de pensamiento, alzándose como emblemas de una filosofía emanada de la vida campestre y campesina: «El mucho riego enlacia y lo que pudo / ser medro acaba en pudrición». 
   Los manuales afirman que «español» y «castellano» se usan como sinónimos. No lo son para Fermín Herrero, que ha creado una escritura poética a partir de la lengua hablada en Castilla. Una lengua de origen rural con sus palabras (zarzagán, chichota…), sus expresiones («Consiente / a quien te avía»), pero sobre todo con el uso de una sintaxis seca, elíptica, certera como un golpe de «dalle». Y más allá de esta lengua campesina, el poeta se ha ideado como un lector de la naturaleza que descubre en este diálogo el sentido moral de la vida. Un poema describe una fuente oculta por matas de berros. Le sería fácil retirarlas para ver manar el agua «a borbotones» y así «cumplirse / el deseo de posesión», pero la reflexión poética concluye con un adagio que sobrecoge por su lucidez: «Sé también / que el que cambia, destruye. Que lo que puedes / rechazar, eres». 
   La vegetación y los animales de los campos, sus tareas agrícolas, los parajes solitarios aparecen en el poema para pensar el mundo desde ellos; quien los transita no solo los lee, sino que también se contrasta en su lectura: «cuanto hay no me llena, aunque / debiera». Porque «También es débil la belleza /… / también es / caediza» y «No queda gesto / alguno en la memoria, con los años». Un intenso lirismo, desazonado a veces, ilusionado otras, recorre el libro al paso que el poeta «Camina muy despacio y en cada verso / se silencia porque no encuentra a nadie / que responda».

El Ciervo nº 751, Marzo-Abril, 2015

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