El balcón de enfrente

miércoles, 15 de marzo de 2017

¿A qué generación pertenece Rafael Pérez Estrada?


La respuesta que parece complacer más si uno se pregunta por el papel en la historia literaria de Rafael Pérez Estrada es aquella que le afirma como su único acompañamiento generacional. Un poeta él mismo una generación. Y acaso en RPE esta idea, más connotativa que formal, tenga incluso cierta justificación crítica, como raras veces ocurre. Su obra literaria exige a su alrededor amplios espacios vacíos, reclama una soledad poética que a veces recuerda la necesidad que los cuadros singulares tienen de no compartir pared, ya que su rotundidad les basta para mostrarse únicos. Es más, estoy convencido de que la falta de aislamiento distorsiona la percepción que se pueda tener de una obra que no reclama ningún conocimiento o premisa ajena al propio texto para su interpretación. 
   Curiosamente el contexto poético en el que RPE escribió una buena parte de su obra se sitúa en las antípodas: la poesía de la mitad de siglo necesitaba para completarse un alto número de proximidades, desde las referencias al momento histórico con las que se buscaba dotar de profundidad al poema, o la apelación al mundo urbano y cotidiano como razón última de la existencia del poema, hasta la exigencia de un lector cómplice, próximo, implicado en el texto. Sin este juego de acercamientos buena parte de la poesía española de la época de RPE carecería de sentido literario. 
   La lejanía que impone a la realidad histórica y cotidiana, así como su despego de la connivencia del lector (no se confunda a éste con las condiciones de lectura, que RPE mimó como pocos autores) justifican afirmaciones críticas que dibujen su figura en la soledad en la que pensó y creó su obra. La historia, sin embargo, no puede tener excepciones. Nada hay que no forme parte de una generación, pues nacer es ya una incisión en el tiempo susceptible de que la historia la observe y nombre conforme a sus conceptos y saberes. RPE sí tuvo una generación, por el mero hecho de haber nacido en 1934, y es, según la historiografía y la sociología actuales, la que va de 1924 a 1938. A esta generación en el ámbito poético se le reconoce un período central, que se suele denominar «Generación del 50», que tiene su epicentro hacia 1960. La centralidad del 50 la forman los grupos más activos en el momento (poetas de Barcelona, Ángel González...) junto a las obras que en su momento la crítica consideró centrales (Claudio Rodríguez, Francisco Brines...). Fuera de esta centralidad, todo en el ámbito de los poetas nacidos entre 1924 y 1938 se considera un fenómeno marginal a la G-50
   Se comprende en seguida que la obra poética de RPE, escrita sobre todo a partir de los años 80, no puede sobrevivir en la historia literaria con carácter marginal. En caso análogo se encuentran otros poetas coetáneos de RPE que también en los años 80 reiniciaron la parte más personal y original de sus respectivas obras: María Victoria Atencia, Vicente Núñez, Antonio Gamoneda, Luis Feria, Manuel Padorno... Todos estos poetas, junto a RPE, reclaman a la historia literaria una segunda centralidad generacional, ocurrida durante los años 80, con un claro contenido y con un poderoso nexo común: el de poner en crisis los presupuestos realistas de la primera centralidad generacional, la del 50. 
   Esa crisis del realismo, que late en toda la obra poética de RPE, le reúne con algunos de los mejores poetas de estos últimos 20 años, en una nueva centralidad generacional de los nacidos en torno a 1931. Categoría que sólo interesa, claro, cuando se busca la perspectiva histórica, fuera de ella, la obra de Rafael Pérez Estrada sigue necesitando, para ser comprendida cabalmente, una distancia, un amplio campo vacío donde sólo reluzca el brillo único de sus textos, sin otros reflejos (ni históricos, ni contextuales, ni sociológicos...) que distorsionen la belleza de su singularidad.

[La Opinión de Málaga, 21 de mayo de 2001]

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