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El balcón de enfrente

sábado, 3 de diciembre de 2016

José Jiménez Lozano contra el paso del tiempo


LA ESTACIÓN QUE GUSTA AL CUCO
Editorial Pre-Textos, Valencia, 2010

El argumento de una película reciente cuenta la imposible relación sentimental entre dos personas, una que cumple años sumándolos, y otra que, por una rara enfermedad, los resta. Una que envejece y otra que, excepcionalmente, rejuvenece camino de la niñez. No hay mejor recurso que esta trama cinematográfica para explicar la aventura poética de José Jiménez Lozano (1930). Mientras las obras de sus contemporáneos, y también de las generaciones posteriores, se ensombrecen hundidas en el pozo del paso del tiempo y se agotan en el bucle de la idea de la muerte; la poesía de Jiménez Lozano rezuma en cada libro mayor optimismo vital —«¿de dónde sacabais la alegría / que me disteis?» pregunta el poeta a los seres, y la misma pregunta le formula el lector al poeta—. La curiosidad, lucidez y gusto por reírse con el mundo, disfrutarlo y brindar por ese gozo aumentan libro a libro, muestran un poeta cada vez más joven, cada vez con mayor voluntad de descubrir y aplaudir las singularidades del mundo mediante la escritura: «No digas palabras / que no sean de celebración y gloria. / Así fue hecha la luz… / Ni el tiempo ni la muerte / pueden ahí herirla». Así, al modo de la indemne luz, a cobijo de las sombras, también parece hecha su poesía, con el atributo perpetuo de la juventud: la alegría. Pero no sentida como un concepto intelectual, a la manera guilleniana, sino de un modo vital, inmediato, concreto y constante.
   La multitud dispar de elementos que comparecen en los poemas de Jiménez Lozano está sometida a dos elementos que los armonizan. El primero es estructural: los textos aparecen engarzados unos con otros, con frecuencia mediante una palabra que reaparece en el siguiente, formando manchas temáticas que crean secuencias. El segundo es tonal: todo el libro está concebido como un diálogo entre el poeta y el mundo, en el que éste proporciona el motivo y aquél le atribuye un tono. Domina el sentido irónico, y humorístico, con el que habla el poeta, que al final roza incluso la sátira, pero no menos importantes son el gusto por la sentencia moral y el juicio de lo humano, o, en el polo opuesto, la recreación simbólica de los espacios. La combinación de los tres tonos —irónico, gnómico y simbólico— le proporciona al conjunto una perspectiva al mismo tiempo vigorosa y flexible. Algo similar podría afirmarse de los motivos objeto de la conversación poética: muchos proceden del mundo rural —de la naturaleza vivida desde la aldea—, pero sorprendentemente se combinan con otros que le cede la historia antigua o el pensamiento, la pintura y la literatura universales. Esta mezcla de alta cultura y rusticidad forma un círculo que veta el mundo que no le interesa al poeta: la ciudad y su medianía cultural.
   Existe, junto a estructura y tono, un tercer elemento, de carácter ahora filosófico, que cohesiona el conjunto. Por pequeño e ínfimo que sea el motivo en el que el poeta se fija para ver en él un comportamiento significativo, su valor está siempre en relación con «el mundo», es decir, lo micro le da sentido a lo macro. El pájaro carpintero picotea y «parece que está cavando el mundo»; cae la niebla, «¿se ha ido el mundo?»; aparece un caracol, va «a ver mundo»; «Escarabajos que empujan / una bola de estiércol» reclaman la ayuda de Atlas para rodar la bola del mundo. Lo mayor sólo se comprende a través de lo menor, esta es la gran enseñanza de la poesía de José Jiménez Lozano, y tal vez sea también la razón, el secreto alquímico, que le impide envejecer.

El Ciervo nº 722, mayo de 2011
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