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El balcón de enfrente

sábado, 19 de octubre de 2013

LITERATURA CON GUION VERSUS LITERATURA CON SONETO


Encuentro traducido 14 en la librería. Inmediatamente lo compro. Escribo la palabra «comprar» con vergüenza (los libros nunca serán mercado) y convicción (si dejamos de comprar libros, posiblemente nadie los eche en falta, pero yo sí). Ya me había llamado la atención cuando se distribuyó hace unos meses la edición francesa. Estuve a punto de hacerme con él. Es un libro tan delgado. Pero algo me hizo aguardar. No sé si la pereza o la precaución. O quizá cierta incongruencia que descubrí al ojearlo: tiene 15 capítulos. ¿Y el «14»? Ahora, en castellano, es más fácil traérselo a casa. Requiere menos decisión. Olvido la incoherencia estructural. Y pienso en el título, ah ese título.
Evidentemente no tenía ni idea de qué ocultaba un número como título. Ese número. De ahí que mi imaginación se echara a volar. Yo había intentado algo así. Escribí Doménica a partir de sonetos. Escribía un soneto por capítulo, y de cada verso extraía el asunto que desarrollaba en cada párrafo. Cada capítulo tenía catorce párrafos. Catorce capítulos, sin embargo, me parecía exagerado y la ideé en siete. Siete y catorce combinaron estructuralmente de forma excepcional. Escribí así la novela siempre cuesta abajo. El soneto era mi patinete. Escribir cada soneto era también una experiencia singular. Había que mirar a dos lugares a la vez. Al soneto y a la novela. Una experiencia envizcadora. Que acabó en ceguera. Nada más recibir las pruebas de imprenta descubrí mi fracaso. Los párrafos solo tienen un aspecto formal que los indica: su sangrado. Pero hay otro elemento que también se sangra en las novelas: los diálogos. Y yo escribí tantos diálogos. En mitad de los párrafos, incluso al inicio o al final. ¿Cómo saber entonces dónde se contaba el párrafo para que sumara catorce? Por si esta circunstancia no bastara encontré un posit pegado en las pruebas de cubierta: «¿No estaría bien que algunos párrafos excesivamente largos los dividieras en dos o tres? Te señalo algunas posibilidades.» Estructura pulverizada, pensé al principio. Luego recapacité. Ningún edificio conserva en su fachada los andamios que sirvieron para levantarlo. Igual la novela. Es posible que Doménica hubiera merecido que la titulara, antes de Echenoz, 14. Pero ni se me ocurrió, porque desde la primera línea sabía dos cosas: que la protagonista se llamaría Doménica, nombre también de la novela, y que aparecería en sus páginas justo a la mitad de la redacción. O de la lectura, ahora. Es decir, en el párrafo séptimo del capítulo cuatro.
Cuento estas trivialidades porque sin ellas jamás me hubiera fijado en este libro. Lo abro. Me arrastra el entusiasmo de mis pensamientos. Quiero saber cómo nace una novela del número 14. Antes de empezar a escribir ya se me ocurren cinco o seis posibilidades. La novela soneto. ¿Cómo la habrá escrito Echenoz? Me doy cuenta ahora de lo olvidadizo que es el entusiasmo: ni recordaba que el libro tenía ¡quince! capítulos. La novela soneto con medio estrambote, pues.
La primera en la cabeza. «14» es el nombre familiar de una fecha: 1914. Jamás se me hubiera ocurrido una explicación tan sencilla para el dígito. Una fecha. Menuda desilusión. Menuda obviedad. 2014 a la vuelta de la esquina. ¿Es necesario hacer esas trampas ya para vender libros? Creo que las cosas están peor de lo que pensaba, aunque yo siga comprando libros, creo que me estoy quedando en eso también solo. Es decir: ya únicamente compran libros los que también comprarían cualquier cosa que anunciaran por televisión. O los que regalan libros por aniversarios. Me temo que la próxima novela de Echenoz sea una novela juvenil (como esta, de hecho) y se titule «15» (Quin-ce-a-ños-tie-ne-miamor).
Nunca hay, sin embargo, fracaso lector del que no se pueda extraer una enseñanza. (¿Quién dijo eso? Habrá algo que no dijera, por cierto). Así que inicio la lectura. Es curioso, pero enseguida empiezo a sentirme, como lector, ofendido. En la página 19 encuentro esta frase: «…en la primera planta de una imponente mansión como las que suelen poseer los notarios o los diputados, los altos funcionarios o los gerentes de fábricas…». Veamos, empecemos por el principio: ¿qué diferencia hay entre una «imponente mansión» y una «mansión»? Ninguna. Es una mera redundancia. Todo lo que sigue no es ya propio de la novela juvenil, sino de la novela de parvulario. En la página siguiente uno empieza a entender a Echenoz. Tal vez tenga insomnio y se trague todos los programas nocturnos de venta de productos. Así, un libro que la protagonista tiene en la mesilla es «el valioso Premio Goncourt». Adjetivación de programación televisiva de venta de productos, sin duda.
No se tarda en descubrir que si bien la novela es breve, le sobra la mitad de palabras, pues todo lo dice dos veces. Veamos un par de ejemplos. En la página 24 el lector se asoma al abismo semántico de la siguiente frase: «…un aire muy caliente, casi sólido y salpicado de carbonilla». Asombrado Echenoz por la profundidad de la imagen se ve obligado inmediatamente a abrir un paréntesis explicativo, no sea que el lector no haya captado su hondura «—calor que ya no se sabía si era el propio del mes de agosto o procedía de la locomotora, probablemente se juntaban ambos—». Sagacidad literaria: si los personajes iban en tren en el mes de agosto, «probablemente» los factores caloríficos se sumaran. No había caído.  Otro ejemplo más claro de la duplicación constante de significados: «Dejando atrás las vistas a los inmuebles apiñados y las plazas con viejas mansiones pegadas unas a otras». Ojo: unas están «apiñadas» y otras «pegadas unas a otras».
Si la redundancia, columna vertebral del estilo de Echenoz, se contentara con la reduplicación, hasta se podría leer. Lo dejaríamos en novela de primaria. Pero Echenoz es insaciable. Quiere acabar en el Guinness de la retórica. Veamos cómo en solo 82 palabras repite cinco veces (5) la misma idea. Las voy contando con paréntesis: «La fábrica era de zapatos (1). Toda clase de zapatos (2), zapatos para hombres, señoras y niños, botas, botines y botinas, derbys y richelieus, sandalias y mocasines, escarpines, zapatillas, chinelas, modelos ortopédios y de protección, hasta botas de nieve… (3) …Todo por la extremidad en la casa Borne-Sèze (4), de la galocha al escarpín, de los borceguíes a los tacones de aguja (y 5).» Increíble.
¿Qué hay detrás de esta escritura reiterativa e insultante para el lector? Creo intuirlo. Echenoz parte para la escritura de su novela de un guion previo. En ese guion anota, por ejemplo, «visita la fábrica de zapatos». Luego, cuando redacta la novela, lee la frase previa y se dice: «fábrica de zapatos… mmm», y rellena un párrafo con la idea. La engorda. Lo mismo que hace el carnicero cuando prepara salchichas. Toma un puñado de carne picada y lo introduce en la funda de la salchicha.
El mal de la literatura actual está precisamente aquí, en la escritura con guion previo. El guion es útil cuando se aborda una novela policiaca, una novela juvenil, un best-seller… Es útil porque permite redactar una novela en un periodo breve de tiempo. No exige pensar la escritura. Ni que esta pueda o no pueda emerger. Sencillamente, sigue las piedras dejadas en el camino. Cuando un novelista que aspira a escribir literatura se conforma con trazar un guion y rellenarlo el lector se da de cara con fiascos como 14. Donde ni siquiera está rellena la salchicha: da la impresión de que el carnicero ha metido una funda dentro de la funda.
Pero el mal tiene una amplitud mayor. La novela con guion previo se ha impuesto como modelo sobre la escritura que nace de sí misma, que se descubre en el proceso. Que avanza en las tinieblas. La literatura. Los guionistas se han disfrazado de literatos.
      ¿Y mis sonetos de Doménica? ¿No eran también un guion previo con el que redactaba cada capítulo? Claro que sí. Era el guion antiguión. Ahora lo sé. Echenoz me lo ha enseñado (uno ha de convencerse de que no ha desperdiciado doce euros con noventa céntimos). Mis sonetos eran una linterna sin pilas para iluminar la oscuridad del camino. Exactamente lo que esperaba encontrar en esta novela con un título así de sugerente. Y ha resultado la experiencia opuesta: una vela para aclarar la luz de un mediodía (1) despejado (2), de agosto (3), sin nubes (4) y con sol (5). 

[Inédito]

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