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El balcón de enfrente

sábado, 1 de marzo de 2014

LOCALIZADOR DE LA NADA. «GPS», de Agustín Calvo Galán


Agustín Calvo Galán, GPS.
Ediciones Amargord. Madrid, 2014

Durante siglos los libros de poemas se han titulado Poesías. Hoy no. Hoy cada libro tiene un título. A veces los títulos de libros de poesía parecen de novela. Aunque es verdad que también hay mucha poesía novelesca. Agustín Calvo Galán (1968) titula su libro GPS. Confieso que me da qué pensar. Antes de empezar a leer, claro. Hay un debate implícito en todo libro de poemas. ¿Debe intervenir la poesía en el presente? ¿Debe la poesía salir en busca de sus lectores o a estos les toca buscarla a ella? No suele hablarse de estas cosas, pero están ahí cuando alguien titula su libro GPS queriendo decir: el presente no es una frontera para la poesía; que sí, ha de salir en busca de lectores. Incluso donde ya no los hay.
                GPS es un libro sobre la identidad. O mejor, sobre la disolución de la identidad. Desde este punto de vista, su interpretación del presente, al que el título apela, elude la trampa que suele tender cualquier presente: la sociología, el costumbrismo. No trata GPS de retratar la superficie cambiante de lo que está pasando, sino constatar una erosión, la que enuncia con lucidez el primer verso del libro: «Estoy degradando / el-ser-humano / que soy». Cuando la poesía ilumina la tiniebla no puede usar la tercer persona. No son otros los que degradan el-ser-humano que son. «Soy yo». La poesía no es un género de denuncia, sino de conocimiento. Y Agustín Calvo Galán inicia en él un tortuoso, a veces también hermético y laberíntico, camino de desvelos hacia el centro de su propia identidad para, a través de este proceso, desenmascarar lo que esté ocurriendo en el presente.
                GPS está formado por sucesivos círculos acaso concéntricos. Yo, tú, el cuerpo, el «idioma», la autoridad, las fronteras, Europa, los muros. A través de estos círculos, que tal vez provocó la piedra de la indagación al golpear las aguas estancadas del ser, pasan de uno a otro las diversas constataciones de la identidad. El yo, su escritura, va «acumulando / las vacías / casillas / del autodefinido». El amor, un tú que moldea al yo: «Me eres». La lengua —un mito incuestionado de las vanguardias históricas— se deslíe: «Ni siquiera el idioma / nos ayuda / a ser». La sociedad, a la que el yo pertenece, se ensimisma: «Encienden su vínculo / tejiendo en los muros / aspas / alambradas / arenales». Y frente a ese desmoronamiento global, reuniéndolo tal vez, asoma la imposibilidad de lanzar un grito, de esbozar ni siquiera un discurso, nada: «Desde la ingle, todo el vacío / de la columna… / en su ascenso hacia la boca». Fronteras artificiales que se alzan y fronteras naturales que desaparecen, amores inconclusos, el pleonasmo del deseo… los círculos de la identidad se disuelven en la imposible construcción de la identidad: «Como si alguien pudiera decir / qué es ser yo mismo».
                Un GPS incapaz de localizar el punto que buscaba y al que ha llegado, esta sería la paradoja nuclear del proceso de indagación: «que yo mismo soy / y poco más». La identidad que permanece cuando se han diluido todos los trazos de identificación del sujeto. Un llegar a un lugar que no es ningún lugar, sino «el medio». Un descubrir lo poco le queda al-ser-humano de sí mismo en un mundo en el que los destinos parecen regidos por sistemas de control remoto. Una casi nada que deja al sujeto «como un niño que se señala / para decir su propio nombre». Pero esa casi nada —ese descubrirse sin nada, ni siquiera un nombre— es también la que resuelve la incógnita del libro, en su última página, a la manera de Larkin, con un poema de amor.

[Inédito]

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