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El balcón de enfrente

viernes, 5 de julio de 2013

ADELGAZAR TAMBIÉN ENGORDA. La poesía concreta del brasileño Arnaldo Antunes


Arnaldo Antunes Instanto 
Kriller71ediciones, Barcelona, 2013

Acercarse a los límites de la poesía es, con frecuencia, un camino para abandonarla. Unas veces hacia la prosa, otras hacia el espectáculo, las más hacia la propia desaparición del género consumido en sí mismo, convertido en parodia, crítica política o juego de palabras. La desintegración de un contenido complejo en favor de la forma suele ser una manera no de alejar la poesía de sí misma, sino de alejarse de ella. Es importante señalar estos riesgos a la hora de presentar la obra del poeta brasileño Arnaldo Antunes (1960). Aunque una parte de su trabajo artístico se haya situado ya al otro lado del género, en el espectáculo musical, como escritor sus libros protagonizan una lúcida aproximación a los límites de la poesía, desde la poesía misma. La antología Instanto y el CD que acompaña el volumen son un ejemplo de estas experiencias en el límite. Junto a este título, el mismo editor publica una antología de otro poeta brasileño de una generación anterior, Paulo Leminski (1944-1989), Yo iba a ser homero (Kriller71, Barcelona 2013), con quien la poesía de Antunes establece un doble parentesco: con él acompasa el final del verso tradicional («Hacer poesía, yo siento, no es distinto / a dar órdenes a un ejército / para conquistar un imperio extinto») y al mismo tiempo ambos tratan de construir con la poesía un significado.
                Formalmente, Antunes recurre al conjunto retórico ya consolidado por la poesía experimental: enumeraciones, anáforas, rimas obsesivas, conversión de significado en tipografía o en imagen, repeticiones, letanías… también el poema en prosa, brillante protagonista del libro As coisas (1992). Conviene no descartar en bloque este sistema formal, pues al fin y al cabo el endecasílabo no tuvo un carácter menos rupturista en el siglo XVI. De hecho, la única diferencia entre renacentistas y poetas experimentales de hoy suele ser que aquellos asociaron a las formas un contenido también rupturista, algo que se echa de menos en tantos poetas actuales, cuyos contenidos no cambian la manera de comprender la experiencia, generalmente consolidan una de las perspectivas existentes. Vuelve a ser interesante esta apreciación para afirmar después que eso no ocurre en la obra de Antunes, quien sí utiliza el sistema retórico experimental asociado a una idea también renovadora.
                Se podría decir que la tradición experimental a la que apela la poesía de Antunes se inició, entre nosotros, con una lira de San Juan de la Cruz, aquella celebérrima que empieza: «Mi amado, las montañas…». San Juan incorpora a los sustantivos que yuxtapone su propio ser. No dice «es las montañas»; el verbo queda implícito en el nombre. Así operaban también las palabras de las lenguas primitivas, aquellas cuyo haz de sentidos no se había reducido, como en las nuestras, a un único significado. Consciente de este empobrecimiento de la esencia misma del lenguaje, condenado a convertirse en un código de signos, Antunes convoca los recursos experimentales para provocar un ensanchamiento del verbo, una multiplicación de los sentidos. Su utopía consiste en recuperar para la lengua palabras que en lugar de rechazar significados por imprecisos o intuitivos, los acepten, integren e incorporen. Esta exploración aúna tres frentes: el sonido —que trata de remontarse a estadios primitivos del lenguaje—, la caligrafía —casi expresionista— y, sobre todo, el tema. El tiempo, la erosión de la vida, el nominalismo del idioma y el orden marmóreo en el que convertimos la conciencia del mundo son temas capitales de la poesía de todos los tiempos que Arnaldo Antunes sitúa también en el centro de su poética experimental.  

Quimera nº 356-357. Julio-agosto, 2013


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