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El balcón de enfrente

sábado, 10 de diciembre de 2016

António Manuel Couto Viana, poeta en castellano


Prólogo a La voz que mora en la calle

Una frase de Fernando Pessoa ha hecho fortuna y ha acabado convirtiéndose, con el embeleso por los tópicos que caracteriza a nuestros contemporáneos, casi en un lema publicitario.  Es aquella que proclama: Mi patria es la lengua portuguesa. Quienes la repiten acaso no hayan caído en la cuenta de que su autor tuvo plena competencia (profesional, personal y literaria) en tres grandes lenguas de cultura y fue poeta en tres «patrias» diferentes en el curso de su vida. De ahí la perversidad profunda del tópico actual: ignorar la irresistible seducción que significa el hecho de que existan otras lenguas a nuestro lado. Mi patria, cabría comprender ahora el adagio pessoano, es el acento (sotaque) que tengo cuando hablo otras lenguas.
         Sé que la «patria» pessoana de António Manuel Couto Viana (1923-2010) es la lengua portuguesa, y la mía es la lengua castellana. Sin embargo, él ha escrito los poemas de La voz que mora en la calle en mi lengua y yo admiro en ellos el acento (sotaque) tan dulce e insólito que en sus versos escucho. Una lengua es siempre una moneda que corre entre las gentes, que se gasta y renueva incesante e incomprensiblemente; como en cualquier intercambio, se comparte lo que se entrega y lo que se recibe. Y una patria sólo tiene valor si es un lugar acogedor y discreto donde invitar a tomar café y pastas a ciudadanos de otras patrias.  La voz que mora en la calle es, sobre todo, eso: el regalo que se lleva cuando uno va a ser bien recibido en una casa.
         ¿Qué es lo primero que nos atrae de una lengua que no es nuestra lengua? Sin duda, el sonido que tienen las lenguas al cantar; y en especial, la música que crean al adoptar las formas tan elementales como efectivas de las canciones tradicionales. Tal vez sea ésta la razón por la que cuando un poeta se acerca a otra lengua, suele dejarse seducir  por estrofas, ritmos, rimas y metros de la poesía tradicional.  Aquella que tiende sus raíces en el origen mismo de la lengua; aquella, casi podría decirse, que supuso la verdadera conciencia de identidad frente a las lenguas con las que comparte origen. Como hicieron Federico García Lorca en sus «Seis poemas galegos» (1934) o el poeta vanguardista Gabino-Alejandro Carriedo  en sus poemas en portugués de «Lembranças e deslembranças» [1972-1980], ahora António Manuel Couto Viana escucha la música íntima de la lengua hermana —su ritmo, su sonoridad vocálica, su aspereza (tan dulcemente mitigada), tan diferentes de la lengua propia— y escribe en ella, con ella, desde dentro de ella, un magnifico libro.
         Lo que ha escrito António Manuel Couto Viana tiene además otra manera de emparentar con la tradición más antigua de las lenguas románicas. La voz que mora en la calle remite directamente a aquellas cancioncillas de los siglos X y XI, la primera muestra —como dicen los manuales de historia literaria— de poesía lírica en una lengua romance: las jarchas.  Los poetas árabes cultos de la época se dejaron seducir por las cancioncillas mozárabes que oían cantar a los cristianos, aunque mejor será decir a las cristianas, por las calles, y prendados de su belleza, las incluyeron en sus «moaxajas», sus composiciones cultas en árabe clásico. Hasta aquella lejana época auroral de nuestra cultura remite el gesto poético de Couto Viana: hoy como entonces el poeta se deja seducir por la música elemental y única de una lengua  que no es su lengua, aunque la poesía, siempre generosa y propicia a la aventura, le permita compartirla como si lo fuera.
         El asunto de estos poemas en castellano de António Manuel Couto Viana es la vida de «la calle», de la misma forma que libros anteriores suyos trataban sobre la estancia en un hospital o el universo de los cafés de suburbio. De hecho, han sido escritos en castellano porque no otra es la lengua de la calle donde el poeta se encuentra al escribirlos. Es el primer protagonismo de “la calle”, previo incluso a su fijación temática. A diferencia de títulos como Hospital o Café de suburbio, “la calle” de estos poemas en castellano no se conforma con ser el mero asunto del libro, un simple referente de la escritura. Los lectores del poeta tal vez esperen que “la calle” mantenga el gusto por la realidad (no confundir con el «realismo», que implica un registro lingüístico que se sitúa en el polo opuesto de su lengua literaria) que le caracteriza. Quizá esperen ver “la calle” como el lugar donde ocurren hechos que el poeta describe con deliciosa ironía o donde se cruzan pensamientos de delicado lirismo, como acostumbra.  Lo que van a leer, ahora poco tiene que ver con un libro que Couto Viana hubiera escrito sobre “la calle”... en portugués.
        La música de las canciones tradicionales, diestramente trabada con metros y rimas, no es sólo música: es también una manera de mirar la realidad.  O mejor será decir: es una manera irreal de mirar la realidad. La irrealidad de la canción tradicional está trabada por figuras retóricas igualmente sencillas y eficaces, como la personificación. La poesía tradicional ha vivido siempre en una suerte de fiesta pagana donde los objetos naturales (o los personajes sin identidad: pastores...) se convierten en deidades, es decir, en transmisores irreales de realidad. La poesía de Couto Viana, de raíz culta y dueña de un sujeto plenamente post-renacentista (consciente de su identidad), sigue en sus libros principales procesos prosódicos ajenos a esta mirada ingenua y panteísta de lo popular.  En sus libros... en portugués. Porque en éste no sólo se ha dejado prender por la música ancestral de la lengua hermana, sino que se ha dejado seducir también por su modo de mirar, por su modo de decir.  “La calle” no es el asunto de estos poemas, “la calle” no es el referente de la escritura; “la calle” despierta, se vuelve, se entristece, llora, sale de paseo e incluso, maliciosa, «mira la mujer desnuda / en la ventana vecina».  “La calle” es aquella deidad irreal de la que se sirve la imaginación tradicional para transmitir una realidad múltiple, voluble, anónima, mágica... no sometida aún a la fijación racional del sujeto, a su dictadura. 
         Parecía que este libro contenía la única renuncia a la lengua entendida como una patria, y con sorpresa el lector (o mejor será decir: la condición de lectura exigida por el texto) descubre que existe una renuncia mayor, una ambición de más envergadura: Couto Viana no sólo ha prescindido de la lengua portuguesa en estos poemas, sino también ha prohibido la entrada en sus versos al sujeto poético de su obra.  En esta doble renuncia se cifra la estremecedora lección de humildad que supone un libro como La voz que mora en la calle. Y de paso, en esta humildad se descubre otra paradoja que ilumina: la pasión estética por la tradición camina de la mano con la razón ética de la modernidad: yo es también el otro.

[2001]

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