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El balcón de enfrente

sábado, 21 de mayo de 2016

CRÓNICA DE LA INDOLENCIA. La novela «Las transiciones» de Vicente Valero


Cuando también la desmitificación se descubre como mito, 
el mito recupera legitimidad, pero solo en el marco 
de una experiencia general de la verdad «debilitada».
Gianni Vattimo

La lectura de Las transiciones (Editorial Periférica, Cáceres, 2016) de Vicente Valero (1963) me ha provocado varias impresiones. No sé si sabré ordenarlas en una única explicación, así que trataré de exponerlo un poco como cuentan los collages. Empezaré por el final, que es lo que más llama la atención. Resulta significativa la aversión hacia la actitud lírica que los poetas muestran siempre cuando narran. Se advierte pronto porque una gran parte de novelistas se ha lanzado a las aguas de lo lírico impúdicamente desnudo y con descaro casi romántico. Este nuevo género al que llaman autoficción los franceses, y con el que esta novela también juega, es una suerte de poesía en prosa, pero sin nada poético, dentro ni fuera. Y esta actitud, que se diría que los poetas han de saber encarnar como nadie, es lo que nunca hacen cuando escriben en prosa. Y me ha gustado pensarlo en la lectura de Las transiciones ante los coqueteos con la autoficción del texto: el personaje que narra desde el yo tiene tantos puntos en común con el autor, Vicente Valero (vive en la isla, escribe en los periódicos, sacaba buenas notas en las redacciones…), de hecho, como ahora mismo podría tenerlos con unas 500 personas de la isla, como mínimo. Es decir, la sombra autoficticia que el autor proyectas sobre su personaje-narrador es el mejor disfraz para no escribir una novela lírica. Ni, por supuesto, de autoficción. Aunque sí la podría haber escrito, claro, y de hecho la ha escrito, en las siete últimas líneas de la novela. Estas, donde se cuenta lo que la novela no va a contar, forman lo único que al lector le resulta verdaderamente lírico de la novela: revelar lo que no se a revelar porque eso ya no pertenece a la historia, ni a la ficción, sino al autor. 
     La novela presenta un componente mayoritario de crónica, en tres dimensiones: una generacional, una sociológica y otra de mitología insular. 
   La historia de los cuatro amigos que el texto narra, con independencia de la parte que corresponda a una biografía real, lo que de existir resulta muy poco significativo en la novela por su primera característica de ficción de la autoficción, es una crónica generacional. Y una novela de aprendizaje. Las dos cosas van por separado, pero se manifiestan juntas. A la mayor parte de los lectores le va a gustar más la primera, a mí más la segunda. Igual que Vicente Valero acertó con la historia de los familiares extraños en su «primera novela», Los extraños (2014), libro que despertó en los lectores las noticias olvidadas de los extraños en sus propias familias; ahora vuelve a acertar con un núcleo de especial densidad memorialista: cuántos, después de leer la novela, van a necesitar contar lo que ellos hicieron el día que murió Franco. Incluso este cronista siente tentaciones de relatarlo ahora. Es uno de los pocos días —es posible que para muchos sea el único— que cuantas personas estaban en edad escolar —una generación— recuerdan con precisión. Sobre todo, también por su extrañeza. Por no saber exactamente qué estaba pasando, aunque algo pasaba para interrumpir de manera tan ex abrupta el curso escolar. Los mayores, universitarios o en el mundo laboral, recordarán aquel día de otra manera y con otros símbolos. El autor de Las transiciones acierta a recordarlo con los jirones de niebla que lo envolvieron en las mentes de sus coetáneos.
    Al mismo tiempo, sin embargo, este recorrido generacional de la novela es un proceso que muestra la entrada en la edad adulta de aquella generación, tal como ocurrió en aquella época: frente a frente, una moral desgajada, petrificada en la sociedad, pero ya no en nosotros (uso el pronombre por el carácter generacional desde el que se lee la novela, claro). Y las contradicciones que esta situación produjo. No es una novela sobre la doble moral del final del franquismo, sino sobre algo más sutil, las morales paralelas. La pornografía es una buena metáfora de cómo se vivió el final de aquella niñez en el inicio de los 70, al final de una época petrificada. El bar a donde acuden los amigos, ya treintañeros, tras el entierro de uno de ellos, es la rúbrica, ahora en otra época ya de libertad, de lo que fue la moral que creció en paralelo a la apolillada represión social. Es decir, la distorsión que sufrió por haber salido de manera espontánea en un ámbito donde no pudo desarrollarse con normalidad. 
   Hay dos dimensiones más en la novela que también resultan atractivas. Una, la sociológica. La transición española ha sido mitificada desde las diversas ópticas políticas que la han contado. Es una distorsión obvia y sobre eso no vale la pena añadir nada. Pero resulta evidente que lo que se cuenta no responde del todo a un final del franquismo tal como se vivió en un país que vio morir al dictador completamente entubado en una cama de hospital. Vicente Valero recurre a su memoria generacional, de niño de doce años en aquel momento, para narrar aquel final en un ambiente que fue el convencional en muchos lugares del país. De hecho, lo hace con tanta naturalidad que destaca: acostumbrados a la distorsión aplicada a aquel momento histórico. Es una buena crónica sociológica la que realiza un niño de aquella compleja época, cuya complejidad, real, a veces oculta las circunstancias más obvias, y reales. 
    Y existe un tercer componente en la novela. Quizá el más discreto. Creo que solo lo advertirán los lectores habituales de Valero. Hasta ahora, con mayor o menor protagonismo, el autor ha aprovechado sus escritos en prosa —novelas, pero también ensayos— para elaborar una insulaficción, es decir, un relato narrativo de la historia de la isla de Ibiza. En Las transiciones, aunque en segundo plano, traza una certera visión sobre la transformación de la isla (que vivía en un mundo rural casi arcaico) en el enclave turístico que es hoy, a partir de las élites funcionariales que habían llegado para cubrir puestos administrativos o de servicios. Y también las consecuencias que tuvo en esta misma élite su rápido enriquecimiento. Estos detalles de vida insular, aunque formen parte solo de decorado de la narración, le proporcionan perspectiva —es decir, hondura— y autenticidad. 
    Crónica generacional, novela de aprendizaje, evocación sociológica y retrato insular —de lo que no enseñan las postales—, Las transiciones acierta, sobre todo, a desvelar la trama oculta que explica la indolencia del yo que la narra; un yo que no es fruto de una indagación lírica, sino de un dictamen colectivo, el de la época indolente. Una mezcla de fracaso en las aspiraciones (el profesor de matemáticas), de éxito en lo trivial (el director de hotel), de revolución sin objetivo (el amigo que entierran) y de autor sin temas (el narrador), es decir, la historia de cuatro amigos preadolescentes, el día en el que murió Franco, que son su emblema.

[Inédito]

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