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El balcón de enfrente

domingo, 19 de enero de 2014

LA ESCRITURA ENSIMISMADA


Entre los puestos de San Antonio, el mercado dominical de libros viejos, pasé todas las mañanas de mi juventud. Ahora solo voy de vez en cuando, como hoy. En el montón de los libros a dos euros encuentro uno que despierta mi abúlica mirada, Bestiario de amor. Fue publicado por Júcar en 1974 con una cubierta verde tan espantosa como las que caracterizan a esta añorada editorial. Su tipografía parece hecha con letraset de diferentes bolsas. Su autor es un biólogo humanista —cuando estas dos palabras no formaban oxímoron— francés, Jean Rostand, que explica las relaciones amorosas de las especies animales, desde los virus hasta los mamíferos, con rigor científico pero con interpretaciones sentimentales. Como si estuviera hablando de humanos. En el metro de regreso consigo sentarme, abro el libro y dejo que las aventuras eróticas de los paramecios me fascinen. Sin casi darme cuenta llego a mi parada y al ir a levantarme me aborda una señora, de unos setenta años y a bocajarro me suelta «Felicidades». Pongo cara de no entender nada. Le pregunto a mi habitual despiste si he de conocer a la mujer que me habla. Menos mal que continúa, «…por llevar un libro, no sé dónde va a ir a parar el mundo». Miro hacia los asientos contiguos y veo a tres personas cuyos rostros iluminan las pantallitas de sendos teléfonos móviles. Sonrío. De hecho, me es fácil sonreír, acabo de leer cómo ligan los caracoles y cómo se van intercambiando papeles —primero son machos, luego hembras— en una proyección que, en términos humanos, da para un espléndido porno. Menos mal, pienso, que la señora preocupada por la deriva del planeta no sabía lo que yo andaba leyendo. Si no me da un bolsazo.
Una de esas tres personas que a mi lado pasan las paradas capturadas por la innoble pantalla de su móvil, en lugar de por la dignidad de una página de papel, trajina en ella con los dos pulgares a una velocidad de pasmo. Escribe. No es raro ver por la calle una mujer —no sé por qué nunca he visto a un hombre en esta situación— leyendo la pantalla de su teléfono y de repente abrir su rostro con una magnífica, sincera, maravillosa sonrisa. Una de esas sonrisas que enamoran. Si fuera publicista ya hubiera propuesto una campaña a alguna empresa de telefonía: «Hazla sonreír». A veces relaciono una imagen y otra, la persona que escribe mensajitos en su móvil y la muchacha que los lee con una emoción que no logra reprimir, y pienso en la literatura. Me digo que esta escritura ensimismada, tan inocente como parece, le ha robado el alma a los que han robado el alma a la literatura. Un día, mientras cumplía mi servicio militar obligatorio, descubrí a un recluta, bastante hortera, por cierto (como oficinista le entregaba cartas diarias llenas de corazones rosas con flechas atravesadas), que tenía en la taquilla Las flores del mal. Tartamudeando le pregunté si le gustaba Baudelaire. Me dijo que tenía poemas bonitos, así, tal cual, «bonitos», que les cambiaba algunas cosas y se los enviaba como inventados por él a su novia. La anécdota siempre me pareció entrañable. La literatura, aún lejos de sí misma, seguía siendo la maestra de las emociones. Copiarla era reconocer su influencia. Su magnitud.
      Quiero llamar escritura ensimismada a aquella refractaria de todos los valores que arracima la escritura literaria, salvo la emoción. Un menú ensimismado sería, por ejemplo, el compuesto por tres platos de postre. Una escritura ensimismada es la que renuncia a su excelencia en favor de su comodidad. La que sublima el presente y el sujeto como única materia y horizonte de lo escrito. La que otorga a lo sociológico (aquello que sale en los medios de comunicación) el privilegio de referente exclusivo de la realidad. La que se ufana de originalidad cuando calca el sistema retórico de los chistes más triviales. A la que jamás se le ocurriría copiar a Baudelaire, ni siquiera a Bécquer, porque desconoce qué hay detrás de estos o cualquier otro nombre de escritor. La escritura contemporánea tiende al modelo ensimismado no como una opción pragmática, sino como el auténtico regreso de la escritura a la vida urbana. De hecho, tampoco como regreso, sino como la verdadera invención de la escritura verdadera. La que se basta a sí misma. La que excluye modelos. La que convierte a la inmediata genialidad a quien la practica.
Son cosas que pienso cuando me siento en la perspectiva de la señora que me felicita por ir leyendo un libro en el metro, aunque no sepa lo que leo. Pero también sé que esta posición de quien juzga el tiempo presente desde la añoranza del tiempo por el que fue educado es la mayor fuente de estupideces que alguien pueda decir. Y además, como leo lo que me encuentro en el mercado de los libros viejos de San Antonio, no todo, claro, para lo que no tendría ya vida suficiente, sino solo lo que le llama la atención a mi natural escepticismo, aprendo de Jean Rostand que nada hay más distante de la realidad que las apariencias. Por ejemplo, aquellos animales que normalmente relacionamos con la infancia por su imagen inocua e inocente, como los caracoles, suelen ser los más libidinosos. Y sin embargo, los animales más repugnantes e inmundos de la naturaleza tienen, en ocasiones, los comportamientos más castos y pudorosos. Los escorpiones entrelazan sus pinzas y se entregan a largos y lentos paseos de virtuoso noviazgo, o las serpientes, que se abrazan tiernamente, lamen con dulzura la cabeza de su pareja y le hacen cosquillas con suavísimos mordiscos en el cuerpo. Nada es como parece. Y tal vez tampoco sea como la veo la escritura ensimismada del presente. 

[Inédito]


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