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El balcón de enfrente

domingo, 22 de enero de 2017

Insularidad. «Islas, islas», de Pedro Molina Temboury


ISLAS, ISLAS, de Pedro Molina Temboury 
Pre-Textos, Valencia, 2012

«Toda isla es un proyecto de orden» —escribe el poeta al inicio de su libro atribuyéndoselo a Robinson, el náufrago que se convirtió en isleño, primer símbolo que ilumina las páginas de Islas, islas. Incluso aquellos que llegan desprevenidos, en «los ferries del verano / cargados de turistas», cuando regresen a su origen les asaltará un recuerdo «que al retomar sus vidas siempre echarán de menos: / el deseo de ser isla». Porque una isla es, en efecto, un proyecto de orden geográfico, sociológico, legendario y emocional; el mismo que se propone cumplir Pedro Molina Temboury (1955) en este cuaderno de viaje por las islas griegas. Un orden que la percepción constantemente desordena, donde Ulises comparte versos con los turistas, y el oleaje en las playas solitarias con el gemido que produce el roce de los barcos en el puerto. Y en este oxímoron prende la poética de las islas: «la exactitud del ser». 
    Los poemas acompañan un viaje que entrevera diversas rutas. La geográfica, que parte de Rodas y concluye en Patmos, y recorre el universo de cada rincón del archipiélago griego. La legendaria, que nace en el gigante cosmogónico que arrojó una roca en el mar, «cada isla un guijarro / fragmentado en el mar», que crece de la mano de Ulises buscando su isla y que pervive en las pintorescas costumbres de los nuevos visitantes: «En los acantilados de Kalimnos / los argonautas hoy / saltan en parapente / con el i pod a tope». La sociológica, que al mismo tiempo que sitúa al poeta en el presente, establece una distancia con este, «sin pasado ni nombre, sin internet, sin móvil, / los vulgares hechizos / de su mundo mortal»; distancia de la que emerge uno de los valores principales de este cuaderno de viaje, la ironía. Y finalmente, la ruta emocional, «Escoger en qué playa, / qué atardecer mirar». 
    El propósito final, sin embargo, el proyecto de quien acaso llegara un día como náufrago a las islas, no es esperar que aparezca un barco en el horizonte dispuesto a devolverle su origen continental, sino más bien al contrario, es la paciente espera de la ninfa que le entregue la experiencia de la vida isleña: «Y sentí en carne propia el frío de sus inviernos, / la prisión de la isla / cercada por el mar, / la angustia de vivir entre gentes de paso…». Este viaje iniciático hacia la experiencia del lugar es el que se propone realizar Molina Temboury en su libro. El acceso masivo a los lugares más alejados y recónditos en el presente amenaza su aura geográfica, mítica y emocional, «Por no haber / no hay delfines / ni ya casi pescado», y al poeta le corresponde descubrir lo que aún pervive, la imperceptible experiencia de un lugar.

[El Ciervo nº 736. Julio, 2012]

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