El balcón de enfrente

martes, 26 de diciembre de 2017

Alejandra Pizarnik


POESÍA COMPLETA, de Alejandra Pizarnik
Edición de Ana Becciu. Lumen, Barcelona, 2000 

A diferencia de los poetas españoles, que son presentados con un cargante epíteto histórico, el nombre de los poetas de América llega liberado del tiempo y sus minucias. A nadie se le ocurre colocar una etiqueta generacional a Neruda o Borges. Es posible incluso imaginar que son fruto de un milagro antes que de una época, como sin duda fue percibida por muchos lectores españoles, jóvenes en los 70 y 80, la poeta argentina Alejandra Pizarnik (1936-1972). Su presencia no sólo era perceptible en el misterio que rodeaba su vida y muerte, quien recuerde la lengua pre-literaria de los jóvenes de entonces, en textos —publicados o inéditos— que el voraz vertedero de la vida se ha tragado, reconocerá las marcas de su estilo, sobre todo de sus primeros libros: la yuxtaposición, el collage verbal y la insistencia desesperada en vocablos como miedo, noche o muerte. Treinta años más tarde aparece reunido el conjunto de su obra: la leyenda, el misterio, la devoción juvenil... ¿fueron sólo un espejismo? ¿Dará la Poesía completa una imagen de la autora a la altura del recuerdo?
    Lo primero que sorprende en la obra de AP (como la nombra Ana Becciu en su cuidadísima y diáfana edición) es el riguroso trabajo formal. De hecho, sin él no se comprende que un universo poético voluntariamente tan exiguo e íntimo haya despertado tanto interés. Parte Pizarnik de unas formas intuitivas, guiada sólo por un ritmo interno que en ocasiones se apoya en efectos de gran ingenuidad, como la anáfora. En su segundo libro —hay que advertir que en cada libro reaparecen los mismo elementos temáticos, pero con un planteamiento formal distinto— su escritura se hace más discursiva y menos ingenua dentro del verso libre; en los títulos posteriores se invierte la tendencia, y su poesía se aproxima a la elipsis y la depuración radical, en línea con las poéticas que suelen denominarse del «silencio», término también fundamental para la autora. En la última época, cultiva un poema en prosa de enorme densidad y excelente factura. El 1 de junio de 1967, en Buenos Aires, anota en su diario: «Debo estudiar muy seriamente el poema en prosa. No comprendo por qué elegí esta forma. Se impuso... Poemas en prosa muy breves breves como aforismos». Y los poemas en prosa de El infierno musical (1971) son, sin duda, un referente necesario de este género en lengua castellana. Después, en la obra inédita, se observa una experimentación que apunta directamente hacia el minimalismo. Este recorrido formal, que apenas alcanza los 20 años de escritura, sintetiza la evolución de una parte de la poesía universal en el siglo XX.
    El universo temático de AP, amparado por esa constante búsqueda formal, dibuja sucesivos círculos concéntricos. En una anotación del diario del 3 de enero de 1961, en París, da la clave del núcleo: «Escríbele hasta que te enredes en los hilos del lenguaje y caigas herida de muerte». La fusión completa —mística, trascendente— entre la palabra y el vivir se erige como aspiración de una obra absolutamente centrípeta. Lo que se presenta como una relación en los primeros libros: «Pero hace tanta soledad / que las palabras se suicidan»; se convierte al final en una unión definitiva: «La soledad sería esta melodía rota de mis frases». La singularidad absoluta de AP frente a otros autores que han caminado hacia la metapoesía es que solo Pizarnik ha realizado su aventura poética desde un sujeto casi romántico —desesperado, pasional, desposeído...— del que jamás renuncia y cuya introspección existencial sigue, como en los años 70 y 80, estremeciendo al lector (ya no tan joven).

[El Ciervo nº 602. Mayo de 2001]

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