El balcón de enfrente

miércoles, 30 de abril de 2014

«RESONANCIA»S de un libro de Richard Jackson presentado en la librería Pequod


Cada semana se organizan unas cuantas presentaciones de libros en Barcelona. Acaso muchas. Sin embargo es un género que languidece. La prensa dejó de hacerles caso hace tiempo. No hay lugar donde se anuncien, y si la dirección de correo electrónico de uno no está asperjada en muchas listas, ni se entera. Tampoco estas cosas parecen decisivas para la agonía de las presentaciones de libros; aquellas que no incluyan, claro, eso que se denomina personajes mediáticos. Cada vez hay más lectores que piensan que una presentación no aporta nada. Y no van. Peor, se quedan en casa.
   Pienso en esta idea al llegar a la librería Pequod. Es pequeña, como el comedor de un piso mediano. Tal vez porque una coincidencia me aconsejaba sumarme a la languidez del género: una semifinal de Champions con dialécticas futbolísticas enfrentadas, o como titulaba de modo insuperable La Vanguardia: «El toque contra la contra». En Pequod, seis sillas para el público y un pasillo junto a las estanterías. Son más de las siete de la tarde, pero felizmente solo hay dos sillas ocupadas. Me siento a pensar en las presentaciones. Lo que anoto a continuación no pude pensarlo antes del acto, pero a veces las ideas tienen recorridos retroactivos. No siempre, pero sí de vez en cuando.
   Esta idea de que ir a una presentación de libros no sirve para nada y es preferible quedarse en casa esperando que empiece un partido de fútbol empobrece. Reduce el campo de la experiencia. Ir a un acto literario implica, necesariamente, un trayecto por la ciudad, encontrarse con personas que uno conoce y otras que no conoce, oír palabras y frases al acaso, escuchar alguna idea —no solo las ideas geniales fertilizan—, asistir a acciones dramáticas singulares —en la mesa, en el público—, descubrir ritmos —aunque estos no animen—, presentir respiraciones. Dentro de poco diremos también: vivir fuera de la pantalla. Estas pequeñas acciones van conformando la experiencia del momento, siempre la forman así, con capas de sedimentos. Y también siempre se etiquetan con la misma pericia que el comerciante pone precio a los objetos que vende. También, y cada vez más, con el mismo pragmatismo. Se escribe «Presentación de libro» y se añade una cantidad: «0 €». Y sin embargo la presentación de un libro no es una presentación de un libro, sino la interacción de múltiples percepciones que despiertan sensaciones, unas placenteras, desagradables otras. Es decir, la vida. El hecho de que las sensaciones se produzcan contiguas en el tiempo facilita que unas se crucen con otras. La petulancia de un ponente que ya carga, por ejemplo, obliga a buscar entre los desconocidos a alguien que atraiga. O que disguste. Da igual. Y a partir de ahí trazar algunas ficciones entre las cuales tal vez se entrevere una palabra inesperada, un tartamudeo sintomático, un juego de miradas, un cable descolgado en una esquina. Percepciones que, a modo de resonancias, van mezclándose unas con otras dando profundidad a la experiencia que se vive. No acudir a una presentación y quedarse en casa es, también, reducir la vida; es decir, renunciar a las resonancias que la vida propone en cada circunstancia.
   Resonancia se titula, precisamente, el libro que presenta esta tarde de Champions —lo dicen así en la radio los locutores del informativo general—. Su autor es un poeta norteamericano, Richard Jackson. No encuentro ni en el libro ni en Internet su fecha de nacimiento, aunque sí veo en la red una foto del jardín de su casa, imagino que en Tennessee, que me gusta mucho porque se parece a las casas de los emigrantes en las poblaciones del cinturón de Barcelona. También a estos les gustaba marcar las sendas del jardín con baldosas grandes, separadas unas de otras. Tendrá, digo yo,  unos sesenta y tantos años. Complexión gruesa, pero bien proporcionada. Viste con un traje muy informal, con aires de ropa de safari. Tiene una cabeza pequeña y un rostro que inmediatamente despierta simpatía. Le han dicho que hable despacio, dice el presentador, y lo hace. Habla en un tono un poco más bajo de lo habitual cuando alguien se dirige a un público. Un tono monocorde, pese a algunos acentos irónicos no exentos de inteligencia, que facilita inmediatamente la aparición de la idea de intimidad. Se acompaña con las manos. Sus manos van elaborando plásticamente los conceptos que explica. Sin atropellarse, pero de una manera bastante más enfática de lo convencional. Tal vez lo hiciera como práctica de parvulario: para los neófitos en el inglés. No sé. El caso es que cuanto va diciendo despierta en mí un sorprendente interés, y quizá no tanto por lo revelador de las ideas, algo quizá ya imposible, sino por la inmediata sintonía que establezco con lo que dice. Su conversación también es mi conversación. Vive a miles de kilómetros, en otra lengua, con otra tradición, y sin embargo lo que dice establece con mi silencio obligado de público una vivísima charla de amigos que han hablado ya mucho de todas estas cosas.


Richard Jackson en la librería Pequod de Barcelona, el 29 de marzo

   Entre los poemas que Richard Jackson lee en inglés y Laia López Manrique lee en castellano, en el acto se leen cuatro poemas. A quien no conozca las medidas con las que trabaja Richard Jackson le parecerá poca cosa. Solo diré que en su página web hay una «breve poética» —así la denomina, breve— que tiene dos mil palabras, es decir, unas ocho páginas de un libro. Sus poemas son torrenciales, lo señala con insistencia Antonio F. Rodríguez, el presentador esta tarde. Habla también de palimpsesto. De hecho, Resonancia se ha tenido que imprimir en sentido apaisado para que cupiera la extensión de cada uno de sus versos, de poemas que a veces ocupan varias páginas en tipografía de cuerpo minúsculo. Una de las preguntas del presentador es obligada: ¿Cuándo sabe que un poema ha acabado? Richard Jackson recuerda una cita, creo que de John Donne, genial: «cuando el poema me dice ¡cállate ya!».
   El poeta norteamericano explica que el concepto de Resonancia que desarrolla en su libro procede de la física. Busco en la red en qué consiste esta teoría, pero no acabo de entenderla del todo. Sí me quedo, sin embargo, con una idea. Pequeñas vibraciones, cuando vibran al unísono con otra fuerza mayor, pueden multiplicar de manera impensable la amplitud de su oscilación. Me parece una definición portentosa del enamoramiento. Y también, tal vez como una aplicación colateral, una lúcida visión de la experiencia, entendida como un enamoramiento perpetuo de la vida. De ahí que si no hubiera ido a la presentación de Richard Jackson me hubiera perdido la experiencia de que mínimas vibraciones de mi percepción esta tarde se ensancharan poderosamente al ritmo de las seductoras ideas del poeta.
El presentador define con acierto la poesía de Richard Jackson y tras cada observación le formula una pregunta, que este responde en inglés y aquel vierte, más o menos, al castellano. Yo estaba sentado junto al escaparate de la librería Pequod. Unos cuantos libros, el cristal del escaparate y la calle. La calle Milà i Fontanals es poco agraciada. No es peatonal, como la mayoría de las calles de Gràcia. Al contrario, tiene un tráfico constante, denso, pesado. Ruidoso. De vez en cuando, porque eso no impide escuchar, miraba hacia la calle. Al principio atraído por los ruidos. El paso de una moto, un camión al ralentí aguardando que se abriera el semáforo. Los ruidos siempre piden que se les mire. Luego atraído por el propio espectáculo de la calle. La gente que pasa, sí. De repente, una joven se detiene a hablar por teléfono delante del escaparate. Como no mira los libros, tampoco ve al público del acto. La conversación, digamos, a la legua se ve que la excita. No dice mucho, antes escucha, pero todo lo que dice se oye dentro, claro, mezclado —¿en palimpsesto?— con la voz íntima del poeta. Una simbiosis que le hubiera encantado a Charles Ives. También es íntimo, o lo parece, lo que la muchacha oye por teléfono. Sonríe mucho, se sonroja, hace muecas. Empieza luego a elevar la rodilla, de pura excitación, pegada al cristal del escaparate. Su pierna ascendente le levanta la falda y la imagen, mientras ella sigue sonriendo y el poeta hablando, resulta de una comicidad sin límites. Palabras y frases se van colando en la librería al paso de los transeúntes, en general poco conscientes de su tono de voz. Pero al rato me llama la atención una imagen al otro lado de la acera. Una joven, treinta años tal vez, se abraza con gran énfasis a un tipo de unos cincuenta muy bien cuidados, vestimenta moderna y cara, poco pelo pero con excelente corte. El tipo, una efigie. En una mano, una cartera de piel. La otra, en el bolsillo. La chica abrazada a una columna. Retira la cara del abrazo. Sí, está llorando. No sé qué dicen, pero él la aparta como quien se despega un chicle de la suela del zapato, se da la vuelta y se va calle abajo. La chica se tapa el rostro. Está así unos segundos y luego camina, secándose las lágrimas con el dedo índice. No acaba ahí el espectáculo de la calle, paralelo al extraordinario espectáculo intelectual que ocurre dentro de la Pequod. Un tipo, de repente, se sube de malas maneras en el asiento posterior de una moto y esta arranca, con el pasajero aún en volandas, a velocidad de vértigo. Al instante cruza delante otro tipo corriendo de modo desesperado y gritando imprecaciones calle arriba. Un palimpsesto. La ciudad, la experiencia, la escritura.
   Regreso a la presentación. De igual modo que se forma en mi percepción la tarde —lo que dicen al hablar del libro, lo que veo al otro lado del escaparate, lo que pienso entre medias—, así escribe Richard Jackson sus torrenciales poemas. Formados por capas y capas de sedimentos que resuenan unos con otros. Simbiosis de registros, de tonos, de léxicos, de universos —el poeta recuerda a Pascal, atrapado entre dos inmensidades, la del cosmos y la de los átomos, así también sus poemas miran hacia las estrellas y después hacia el insecto que cruza la baldosa de la senda en el jardín—.
   Los cuatro poemas que se leen durante la presentación son, los cuatro, de amor. El Renacimiento impuso un modelo de poema de amor que ha pervivido hasta el presente: un poema de amor solo puede hablar de amor. Este me parece que es el primer concepto con el que entra en discusión Jackson. Sus poemas, que son claramente poemas de amor, se convierten en lugares para hablar de todo lo percibido: retazos de conversaciones, noticias leídas en la prensa, observaciones científicas, meditaciones filosóficas, dudas personales… Uno solo echa de menos que aparezca en el poema un número de teléfono anotado a toda prisa durante un viaje de autobús —aunque la razón de esa ausencia tal vez no esté en el poema, sino en el poeta, ya nadie anota números de teléfono, con el juego que eso daba en las películas… con una perdida basta—.
   Lo más sorprendente de sus poemas no es, sin embargo, esta rectificación del axioma renacentista. El Renacimiento favoreció que la poesía superarse la mera descripción del sentimiento amoroso, al estilo del amor cortés, para encarar el amor como un misterio que el poema debía desentrañar. Es decir, la poesía no contaba un amor, o un desamor, sino que trataba de comprender la dimensión infinita del amor. En este aspecto Richard Jackson no contradice, sino que perpetúa la ambición renacentista. Sus poemas muestran, al menos los cuatro leídos en el acto, la tensión extraordinaria que ejerce en el sujeto el amor cuando este trata de comprenderlo. Lo asombroso de Richard Jackson es que sitúa en el epicentro de este enigma eterno del ser humano a su opuesto. El odio. Como diciéndole al lector que de nada va a servir comprender el amor si no se comprende al mismo tiempo la raíz pavorosa —tan pavorosa como maravilloso es el amor— del odio. Y con esta yuxtaposición de opuestos, como objetos de la misma tensión poética, destila lo más arrebatador y atractivo de su poética.
   De camino a casa veo retransmitir en el televisor de un bar el partido que no he visto empezar. Miro el resultado. O-3.  No me he perdido nada, pienso. Ahí no hay debate alguno. Eso sí que debe de ser aburrido. Mejor, monótono: sin asomo de resonancias.


[Inédito]

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