El balcón de enfrente

jueves, 21 de febrero de 2013

EL CAJÓN DE TODOS LOS SABERES. «El contrario», de Francisco Alba


EL CONTRARIO, de Francisco Alba 
Pre-Textos, Valencia, 2008, 76 págs.

Ya Ramón del Valle-Inclán, en 1902, supo trazar con lucidez la evolución que iban a seguir los movimientos literarios del siglo recién iniciado: «Ocurre casi siempre que cuando un nuevo torrente de ideas o de sentimientos transforma las almas, las obras literarias a que da origen son bárbaras y personales en el primer período, serenas y armónicas en el segundo, y retóricas y artificiosas en el tercero». Esta reflexión nutría un artículo sobre el Modernismo, y si bien es verdad que su época responde a este retrato parabólico, cabe sin embargo añadir una curiosa apostilla, válida para el Modernismo y también para el presente. El final de los grandes períodos literarios produce en ciertas ocasiones obras que huyen del retoricismo y artificiosidad del tópico, en el tercer período que Valle-Inclán señalaba, gracias a la ironía y al sarcasmo —elementos imprescindibles para desacralizar creencias—, y escepticismo e ingenio cobran un súbito protagonismo. Así ocurrió con algunos modernistas, como Manuel Machado en El mal poema, y así se explica también el interés de El contrario, libro culturalista cuya ironía y escepticismo hacia su propio modelo literario lo convierte en el reverso del culturalismo, acaso en la escritura de su final. 
     Brillante y descreído, racional e irracional a partes iguales, tan desmesurado como autor de sentencias clarividentes —«la araña es el dinero y nosotros las moscas»—, Francisco Alba (1967) atiende con la misma atención los asuntos que conciernen a la filosofía, a la historia y a la religión —propios del culturalismo— como a los de la vida contemporánea —característicos del realismo más descarnado—, que mezcla sin observar cánones: «Es el tráfago humano. / Y Jesucristo / el abotonado, los diálogos platónicos, / Epicuro, los papeles que archivo. / Sabiduría es no quedarse sin saldo». O aún más incisivo, en un verso posterior de este mismo poema: «¿De dónde era Hipócrates? ¿Quién? ¡Tiempo!», donde la combinación de referentes de alta cultura y de cultura televisiva se convierte casi en un paradigma. Esta degradación de los valores culturales, que el poeta personaliza en los filántropos y en el turismo (idéntico a «las bombas de racimo» como «broma» del destino), proporciona el primer tema del libro: el juicio del mundo contemporáneo. Aunque para llevar a cabo su intención tenga que remontarse algunos siglos. Un poema, «In god we trust» compara la muerte de un soldado en la actual guerra de Irak con la de un legionario en la campaña de Germania: «Mascando chicle / o regaliz de Acaya farfullaban / en inglés o latín escuetas órdenes». O más punzante: «Confundidos / en los gélidos bosques de Germania / o en las ardientes arenas del Golfo Pérsico / recordaban el juego del amor / aprendido deprisa en un burdel». 
    Sorprende en El contrario la variedad de subgéneros culturalistas. Junto a varios monólogos dramáticos —destaca el del médico Xavier Bichat (1771-1802) describiendo su muerte— hay poema en prosa de factura surrealista donde las referencias cultas se entremezclan igual que las máscaras en un carnaval. Múltiples son también los ámbitos geográficos evocados: la Alemania romántica destaca, pero también se leen textos con ambientación francesa, polaca, americana, rusa... en los que actúa como recurso un ingenioso pastiche sobre cada tópica nacional. Se mezclan culturas, pero también épocas, nombres, actividades humanas. El título «Panteón de Filántropos» —genial ironía— encabeza un poema dedicado a los científicos que allanaron el camino hacia la bomba atómica. Francisco Alba revuelve en el mismo cajón referencias de todos los saberes culturales —don culturalista—para construir con su agonía y su rictus retórico un libro vibrante, sarcástico, demoledor: «Miro las esquelas del periódico: / esta buena gente no volverá a recargar el móvil». 

El Ciervo nº 697. Abril de 2009

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